prosita

Chicle

Aún iba a catequesis de primera comunión dos tardes en semana. Era mi colegio, de enjutos y ancianos escolapios, y una clase de ya no recuerdo qué. Mascaba yo un chicle de los que ya no venden: unas bolas redondas y sabrosas, de tres capas de pegajoso azúcar, de los que casi costaba trabajo mascar; a veces, imaginaba ser uno de aquellos hombres duros de las películas de indios. El profesor comenzó de repente a reñir a un compañero, y yo, presa del pánico, saqué rápido el chicle de mi boca y lo escondí, pegado a dos de mis dedos, hasta que pasara la tormenta.

Noté, mientras intentaba poner mi mejor cara de normalidad, cómo el chicle se me iba pegando progresivamente a los dedos. Intentaba entonces despegarlo con la otra mano, consiguiendo sólo dividir el chicle entre las dos. Imagino que, en mi combate con la goma de mascar, debí de perder la concentración que me permitía mantener la cara de póker imprescindible para parecer que uno atiende a una clase. De repente, escuché a mi profesor decir: Cerero, ¿qué tiene usted ahí?

Me sentí derrotado. Sin saber muy bien qué hacer, y sin articular palabra, simplemente alcé las manos y se las mostré al profesor, en la postura del hombre esposado que no sabe muy bien cómo ha llegado ahí. Confieso que no recuerdo mucho más que aquella imagen; un molesto pitido resonaba en mis oídos, y los murmullos y risas veladas de mis compañeros parecían venir de algún lugar a muchos kilómetros de distancia. Olvidé la mirada de mi profesor muchos años antes de poder comprender qué significaba. Pero muchas veces después he sentido la misma angustia y el mismo miedo; la incapacidad de comprender cómo había llegado hasta ese estado, y a la vez la imposibilidad de hacer algo para deshacerme de aquella masa informe y malvada que me aprisionaba las manos y me impedía moverme. He llegado a considerarlo como un símbolo del poco poder que la mayoría de veces tiene uno sobre su propia vida, sobre lo que uno tiene entre las manos.

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5 thoughts on “Chicle

  1. Grande, hasta me ha dado risa leyéndolo. Una vez, llegando al final del bachillerato, me trincó mi tutor con un chicle durante una clase de Historia.

    – Jesusito de mi vida, ¿está usted comiendo chicle?-, me dijo con tono medio afable, medio irónico.
    – Pues sí.
    – ¡Ah, encima tiene usted el descaro de afirmarlo!
    – Hombre, si prefiere usted que le dijera una mentira…

    Se quedó pensativo un segundo, y luego dijo:

    – Pues también es verdad. Un negativo para ti, Rodríguez.

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