apuntes, prosita

Una historia cualquiera

Disponíase el en otro tiempo celebrado escritor, tildado por algún entusiasta crítico como la esperanza en la poesía joven española, a dormir un rato. Eran las cinco y poco de la mañana, y el despertador del móvil marcaba impasible las nueve de la mañana como hora límite para el descanso. O el intento de. En todo caso, a nuestro escritorzuelo no le entusiasmaba mucho la idea de dormir más de lo necesario: de día hay demasiado ruido, demasiadas llamadas, demasiado emails; es de noche cuando uno aprovecha realmente el tiempo.

Tras un rato de lectura de Las crónicas del Sochantre de Álvaro Cunqueiro, el hombre estaba medio sopa; como para no. Anotó mentalmente la página 150 para el día siguiente y dejó el libro debajo de la almohada; la distancia entre la cama y la mesilla de noche se le hacía ahora insalvable. En éstas estaba, decidido a dormir, cuando empezó a pensar en el tiempo que llevaba sin escribir. No sabía cuánto era, pero era mucho, y desde luego más de lo deseable. Por esta misma razón, hacía tiempo, había dejado de fechar los poemas que escribía; así no sentía la tentación de ir a mirar la fecha del último para luego echarse las manos a la cabeza. El escritor, como seguía llamándose a sí mismo a pesar de que la duda le corroía diariamente, notaba su cabeza embotada. Como si hubiera estado demasiado tiempo bajo la presión de la nadería más absoluta, cosa que achacaba al exceso de privación intelectual, entiéndase leer libros y ver películas. Trató de recordar la última novela que había terminado de leer, hacía sólo un par de días: pudo recordar fácilmente el nombre del autor, Joseph Roth, pero durante un par de minutos no pudo recordar nada más. Nada. Ni título, ni trama, ni qué cosas le habían gustado o cuáles encontraba valiosas.

Sintió miedo. Miedo de que el daño hecho a su cerebro por la inactividad y el exceso de periódicos y redes sociales fuera irreversible; de que se hubiera vuelto un tonto, y que la poesía ya no tuviera un lugar donde sentirse acogida entre sus sinapsis y sus neuronas, entre sus manos y sus ojos. Lamentábase así, entre la autocompasión y la verdadera tristeza; el escritor no sólo consideraba la poesía como algo valioso, ni tampoco sólo como una vocación; era el único oficio que consideraba verdadero, la única habilidad importante que tenía, y la idea de perderla era realmente aterradora. Un mosquito zumbaba insistentemente cada par de minutos cerca de su oído, y eso hacía más difícil dormir, ya que tenía que estar pegando cabezazos de un lado a otro y moviendo la almohada cada vez que sentía al fiero animal acercarse a la recóndita cueva de su oreja derecha.

En éstas estaba, digo, nuestro héroe, cuando de repente una imagen le vino a su cabeza: un hombre con bigote, semblante serio, y sin saber por qué, la palabra “salitre”. Nuestro hombre enseguida reconoció en el bigote y el salitre a la musa, que había decidido venir a visitarle de sorpresa, y él con estos pelos y peleándose con un mosquito. La musa, a través de los labios del hombre desconocido, le susurró: “el rigor del salitre en el bigote”. La misma historia de siempre: una imagen inconexa, y un verso. Lo demás dependía de él. Se encontraba ahora en la disyuntiva entre apuntarlo en un papel o tener la esperanza de recordarlo todo al día siguiente. Nuestro escritor, que ya tenía experiencias previas de este tipo, supo que la segunda opción no funcionaría. De repente vinieron más imágenes: las cenizas de unos hombres muertos que bajaban de un barco. Una taberna, unas putas.

El escritor tomó clara conciencia de que no debía dejarlo pasar y se levantó decidido a apuntarlo todo para el día siguiente y de paso ver si localizaba al mosquito para fumigarlo. Mientras buscaba un papel donde apuntarlo todo, comprendió que si no se ponía a escribir la atmósfera de lo que tenía se perdería. Encendió el ordenador y se plantó delante de la página en blanco. A estas alturas ya no tenía miedo, y empezó a escribir. Resultó que, por el camino, la musa sola hizo criba y escarnio de algunas de las imágenes, y otras hubo de camuflarlas un poco por el bien del poema. A los pocos minutos lo tenía todo allí: el hombre del bigote, la mar, y el barco. Y su casa y su vida y las putas, que también eran parte de su vida. Observó en silencio aquellas líneas y, sin que nadie lo supiera, dio gracias. Encendió un cigarro y se dispuso a releer. No sabía, ni supo, si aquello era bueno o malo: nunca lo había sabido, y había aceptado y comprendido que no era su labor decidir el valor de aquellas líneas. Y menos, en ese momento.

Mientras releía, se dio cuenta de que aquella historia tenía mucho que ver con otras que había escrito hace mucho tiempo, con otras historias que creía que nunca volverían a su cabeza y a sus manos, que había dejado finiquitadas a pesar de no haberlo querido. Se sorprendió: no todos los días tomaba conciencia clara de que el tiempo pasa a ritmo diferente por el cuerpo y por el alma. Tampoco supo si eso era bueno o malo, pero tampoco era su labor decidirlo. Después de releerlo por segunda vez y acabar el cigarro, apagó el ordenador y volvió a la cama. En el silencio, ahora cómodo, dio las gracias de nuevo y se sonrió para sí. Como decía alguien: tal vez hubiera nieve en la azotea, pero aún se conservaba el fuego en la lumbre. Mientras intentaba quedarse de nuevo dormido, pudo comprobar que el mosquito todavía seguía allí.

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4 thoughts on “Una historia cualquiera

  1. Bukowski! Chico, te tenía abandonado, qué alegría volver a saber que estás vivo! Es que no me acordaba de tu blog, mátame si es necesario, me metí en bitácoras.com, luego empecé a descubrir blog tras blog, y mira, uno de los primeros que visitaba desaparecido en combate.

    Te voy a meter en el google reader, que es que lo uso hace dos meses y así no te me escapas.

    Con paciencia iré leyendo estos últimos artículos a ver qué tal va tu sentido del humor. Un abrazo! ^_^

  2. Sintió miedo. Miedo de que el daño hecho a su cerebro por la inactividad y el exceso de periódicos y redes sociales fuera irreversible; de que se hubiera vuelto un tonto, y que la poesía ya no tuviera un lugar donde sentirse acogida entre sus sinapsis y sus neuronas, entre sus manos y sus ojos. Lamentábase así, entre la autocompasión y la verdadera tristeza; el escritor no sólo consideraba la poesía como algo valioso, ni tampoco sólo como una vocación; era el único oficio que consideraba verdadero, la única habilidad importante que tenía, y la idea de perderla era realmente aterradora.

    esto me parecio, aterradoramente real… parte de mi pesadilla cotidiana…

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