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Mi butaca: Remordimiento (Ernst Lubitsch, 1932)

Remordimiento es el último drama serio de Lubitsch, y también su primera película sonora (recordemos que la de 1929-1930 había sido la primera temporada completamente sonora en la Historia del Cine, después del sonado éxito de El cantor de Jazz). Quizá la película más atípica dentro de la filmografía del creador del toque Lubitsch, Remordimiento narra la historia de un soldado y músico alemán sobrepasado por el sentimiento de culpa que la provoca haber matado a un soldado francés, también músico, en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Tras un fallido intento de confesión con un sacerdote –¿vengo a la casa de Dios y esto es lo que me dicen, que lo olvide y que no pasa nada?-, el protagonista, que conoce la dirección del soldado muerto, decide ir a visitar a su familia a Alemania para encontrar así compasión y perdón, no necesariamente por este orden.

Este pequeño manjar que nos brinda Lubitsch -apenas una hora y doce minutos de duración- es, a ratos, sintomático de lo que luego serían los pilares estilísticos de su cine. Unas situaciones fuertes, cierta ambigüedad y sutileza a la hora de retratar los temas, y el humor de enredo y diálogo que luego haría tremendamente popular en películas como Ser o no ser (aunque, eso sí, muy comedidamente en esta película, por necesidades de guión).

Así pues, Remordimiento es una película de guerra. Y un alegato antibelicista. No de un antibelicismo megalómano y de grandes combates o de hablar del futuro del mundo y del hombre. El antibelicismo de Lubitsch es el del dolor de un solo hombre, de una sola familia. Del dolor y de la esperanza. En este sentido, Remordimiento se mueve dentro de unos cánones que había sentado ya dos años antes, en 1930, una de las grandes películas del género: Sin novedad en el frente. Y la mejor forma de hablar del dolor y de la esperanza es poner a un Lionel Barrymore viejo y cansado y triste por haber perdido a su hijo en la Gran Guerra. Y vaya si es buena la forma. Barrymore nos regalará aquí escenas absolutamente memorables, como la primera conversación que tiene con el asesino de su hijo -sin saberlo-, o una en la que habla con los parroquianos de la taberna a la que suele ir, y en la que define a la guerra como el lugar al que los padres viejos e inútiles envían a sus hijos a matar y a morir. Los niños alemanes aprenden francés; los niños franceses aprenden alemán. Luego los sacamos de la escuela y los enviamos a matarse.

El único pero que quizá pueda ponérsela a esta película es el de un guión demasiado corto que tal vez no resuelva todo lo bien que debiera algunos asuntos que se tratan por falta de tiempo material; o bueno, que Nancy Carroll parece de todo menos alemana en su papel de Fraulein Elsa, y que Phillip Holmes parece una mezcla extraña entre Chaplin y un desconocido actor cualquiera del cine mudo durante buena parte del metraje, abriendo mucho los ojos y haciendo movimientos extraños que la cámara no puede seguir. En todo caso, la trama es estupenda, la película en sí es estupenda, y quizá sea una película necesaria para quienes deseen comprender del todo a Lubitsch.

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