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Las uvas de la ira (John Ford, 1940)

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Ésta es una de esas películas para ver con ánimo, con predisposición, con tranquilidad, con el corazón limpio y abierto. Aunque ninguna de esas características se cumpla, en todo caso, seguramente su genialidad consiga abrirse paso a pesar de todo. Las uvas de la ira es una de esas obras maestras que nos hacen recordar por qué el cine a veces es Arte con mayúsculas.

También es una demostración de cómo se puede hacer una novela de tinte político y social sin ser panfletario, sino humanista. Donde la novela del mismo nombre de Joseph Steinbeck se adentra en el panfleto marxista, el guión de Nunnally Johnson y la dirección de Ford convierten a la película en un desgarrado grito en favor del hombre. Desgarrado por sincero, no se crean, no por sensiblón ni por almibarado. Donde Las uvas de la ira emociona es porque es imposible no hacerlo, porque aquella historia, a su manera, es también la nuestra, y seguramente será también la de nuestros hijos. Y la de nuestros nietos.

Esta película es una historia de desheredados. Al contrario que en la bienaventuranza, en esta película unos granjeros de Oklahoma no heredarán la tierra. Una tierra que consideran tan suya como sus hijos y sus hermanos: han nacido, han crecido y han muerto, y han sido matados, por ella y en ella. Y de repente la maquinaria capitalista sin nombre, que en la Gran Depresión, como siempre en estas crisis, se ceba con el eslabón más débil de la cadena, aparece con sus máquinas y derriba abajo su casa. Uno de los diálogos de la película habla de esto, y de hecho quizá sea uno de los mejores jamás escritos sobre este tema:

-Me mandaron a deciros que estáis deshauciados.
-Quiere decir que me echa de mi tierra.
-No hay por qué enfadarse conmigo, yo no tengo la culpa.
-Pues entonces ¿quién la tiene?
-Ya sabes que la dueña de la tierra es la compañía Sonvilland.
-¿Y quién es la compañía Sonvilland?
-No es nadie. Es una compañía.
-Pero tiene un presidente. Tendrá alguien que sepa para qué sirve un rifle, ¿verdad?
-Pero hijo, ellos no tienen la culpa. El banco les dice lo que tienen que hacer.
-Muy bien, ¿y dónde está el banco?
-En Tulsa, pero no vas a resolver nada allí, sólo está el apoderado. Y el pobre sólo trata de cumplir las órdenes de Nueva York.
-Entonces ¿a quién tenemos que disparar?
(Un enorme tractor derriba la casa del hombre)

Esta película es, también, una película de viajes, o sea, a su manera, una road movie. En ella se nos narra el viaje de la familia Joad a través de la Route 66 durante más de 1600 km., desde Oklahoma hacia la tierra de California, donde se supone que hay tierras verdes y prósperas, buen trabajo bien pagado, y esperanza. Eso pone en un papel que les han dado. En el fondo, esta película es una road movie atípica porque es un viaje a ninguna parte. Ni es una Odisea porque no hay héroes. En esta película no hay héroes, ni buenos, ni tampoco malos. Los que deberían ser héroes están resignados y tratan sólo de salir adelante y sacar adelante a los suyos, y los malos, sus nombres y sus caras, están diluidos bajo las compañías, los ranchos y los ayudantes del sheriff.

En esta película, todo el mundo trata, con más o menos fortuna, de ser feliz; como todo el mundo coño. A veces hay momentos de tranquilidad y para la risa, pero la mayoría del tiempo es golpe tras golpe, a pesar de lo cual los protagonistas siguen adelante, empujados por un viento de esperanza, de fuerza y de unión que el espectador a veces ni siquiera entiende de dónde sale. Y, sobre todo, es una película que reivindica el papel de la familia como motor del mundo, y el papel de la persona individual como motor del cambio, y del papel de la mujer como pieza clave a la hora de construir cualquier cosa que queramos que dure más que un par de asaltos.

Larga vida a esta película. Te quiero, John Ford.

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