apuntes

La moralidad del fútbol

Van alejándose los días de pasar los recreos y las horas muertas en los campos de albero de Altair, jugando al fútbol. Para nosotros, aquello era un poco como Oliver y Benji: ya entonces teníamos nuestros Olivers particulares (jugaban en el Sevilla alevín y todos suponíamos que antes de hacer la Confirmación dejarían embarazada a su tercera novia) e incluso nuestro Benji Price (el Adri, que al final ha llegado a tercer portero del Betis, lo cual no dice mucho en su favor). Malo no teníamos, aunque sí que éramos muchos tela de malos.

Recuerdo el vocabulario propio de aquellos partidos, que nunca he vuelto a escuchar después. “Salimo, equipo”: siempre precedía a un enorme balonazo Dios sabía hacia dónde. Un bombío de los buenos cubría la mitad del campo. Había figuras odiadas en el campo, siempre. Curiosamente, a diferencia de hoy, no suele ser el goleador ni el defensa guarro del otro equipo. Tenían nombre propio: chupones. Solían ser los del Sevilla alevín o los kies del barrio, que se paseaban solos por el campo mareando la pelota sin hacer absolutamente nada. Lógicamente, al cuarto de hora de partido nadie les pasaba la pelota.

El chupaposte también era otro clásico de los partidos de fútbol del colegio. Era un ser despreciable –no sabría describirlo de otra manera- cuya única habilidad era la de quedarse pegado a la portería contraria esperando a que alguien se la echara o, en su defecto, a que algún balón rebotado le llegara de casualidad. En ese momento le metía una patada a la pelota, normalmente marcaba gol –era divertido ver a niños de metro cuarenta cubriendo porterías de tamaño profesional-, y lo celebraba como si fuera Maradona en aquel partido contra Inglaterra. Algunos incluso llegaban a cantarse a sí mismos aquello de “qué bo-ni-to, qué bo-ni-to…” (Alfonso Pérez Muñoz y sus flamantes botas –de tacos- blancas todavía era una celebridad por aquella época).

Pero, como digo, eran odiados. Al final nos conocíamos todos –doce años de convivencia en el colegio dan para mucho- y, cuando se caldeaba el ambiente, todos sabíamos a quién no pasársela. Si al chupaposte se le ocurría pedir tímidamente el balón le recibía una jauría de gritos de “¡baja, quillo! ¡baja!”. No se la echaban simplemente porque no quería jugar con el equipo, sólo esperaba los balones para marcar y se olvidaba de lo demás. La prensa deportiva llama a ese tipo de jugadores “eficaces” y piden para ellos “selección” semana tras semana en sus portadas. Ahora lo recuerdo y todo lo que se me ocurre decir es: “qué curioso, jugábamos sin fueras de juego y no nos dábamos ni cuenta”. Como ya intuyó John Milton, parece que hemos perdido demasiado por el camino.

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