apuntes

Mi biblioteca

Cuando me mudé, como es costumbre en la gente desordenada, decidí hacer inventario y selección de mi colección de libros, aprovechando el momento. Seguramente no me di cuenta entonces, pero con la selección hice una especie de línea cronológica y de crecimiento personal que hoy se planta claramente delante de mis ojos.

Hay muchos libros de antes de que yo naciera. No puedo decir que sean heredados de mis viejos, porque no lo son: por hacer honor a la verdad, diría que son robados. Los Miserables, de Víctor Hugo, en una edición bastante curiosa en dos tomos a la que tengo mucho aprecio; A sangre fría, de Truman Capote; una novela titulada La vida privada de la Mona Lisa, cuyo título me atrajo en tiempos, pero que nunca llegué a leer. Y la novela en que se basó Tiburón, que empecé a leer varias veces pero siempre me aburrió.

Los libros de mi niñez seguramente los recuerden casi todos: los cómics de Astérix y de Tintín, numerosos ejemplares de la colección El barco de vapor (La bruja Mon, obra maestra), Fray Perico y su borrico –y sus innumerables secuelas-, La tierra del oro ardiente, y mis primeras novelas de detectives, protagonizadas por un policía llamado Antonino y su ayudante, que sólo respondía al escueto apodo de Bolín. Magníficas ilustraciones en todos ellos, y letra grande, como corresponde.

Con la adolescencia llegó el momento de comprar la primera enciclopedia para la casa: una colección enorme de tomos muy bien encuadernados, que costaron un pastón y que mentiría si dijera que fueron consultados más de dos o tres veces desde que se compraron; bien es cierto, de todas formas, que me proporcionaron buenos ratos en veranos aburridos en los que leía artículos al azar. Con la enciclopedia regalaban una colección de “clásicos de la literatura hispánica”. Ya se imaginan: La regenta, La Celestina, El Conde Lucanor, y unos cuantos libros de poetas desde Lope hasta Machado. Por decir la verdad de nuevo (hay que mantener las malas costumbres), creo que nunca terminé ninguno de ellos. La encuadernación era espantosa y el diseño no invitaba a leer. Supongo que con trece años ya era un sibarita literario.

También empezó, con mi adolescencia, mi etapa de niño raro. Recuerdo con cierto cariño el momento en que empecé a comprar libros por internet porque no los encontraba por Sevilla. Con cariño guardo aún tomos de mi época de lector de manga, a pesar de estar seguro de que nunca los volveré a leer: Gantz, Paradise Kiss, Angelic Layer, y la colección completa de Akira: seis tomos a dos mil quinientas pelas cada uno, que por entonces era una verdadera barbaridad para la economía de un treceañero. Esto no se lo digan a nadie: todavía anda por aquí el “manual de instrucciones” del juego de rol de El Señor de los Anillos. Nunca conseguí jugar una partida en condiciones. Qué largo y pesado de leer que era…

Cuando no leía rarezas como las mencionadas, leía cualquier otra cosa que me pusieran delante. Reconozco que no tenía mucho espíritu crítico por entonces. Me interesé por la Ciencia Ficción, y como testimonio aún guardo Slan, de A. E. Van Vogt. Me interesé por la novela de aventuras, y por aquí andan Kipling y Stevenson. También es el tiempo en el que hice mis “colecciones”: tres diferentes de El Señor de los Anillos, en diferentes ediciones, y Harry Potter, y la estupenda saga de Lyra Lenguadeplata, La materia oscura de Philip Pullman. Creo que por entonces también fue cuando pude empezar a considerar “malas” algunas novelas: la primera fue El ídolo perdido, de Douglas Preston y Lincoln Child, comprada por cuatro perras en una feria del libro. No malgasten el dinero con ella.

Cuando terminé de leer por segunda vez El Señor de los Anillos, sentí que difícilmente volvería a leer alguna novela tan buena. Así que, durante un tiempo, dejé de leer. Seguía comprando libros, y los ojeaba, pero rara vez con la pasión con la que lo hacía antes. Coincidió con el tiempo en que empecé a tomarme en serio la poesía, y empecé a comprar clásicos de poesía y antologías, con la esperanza de que me sirvieran de algo. Incluso llegué a comprarme traducciones de Catulo, y de Cavafis. Un secreto: tampoco los terminé de leer nunca.

En cuanto a la novela, quizá por haber desarrollado un poco el gusto crítico, empecé a leer menos, pero también mejor, y las alegrías que me dieron algunos libros las recuerdo todavía con mucho cariño: Farenheit 451, Crónicas Marcianas, El vino del estío, todas de Bradbury; El cero y el infinito, de Arthur Koestler. Todo esto aliñado con algunos libros que ni siquiera sé muy bien cómo llegaron a mi estantería aún: biografías de Stalin y de las Spice Girls, libros de J. J. Benítez y Jiménez del Oso, y conspiranoia varia sobre el Proyecto Manhattan y Einstein.

Finalmente me volví como soy ahora: selectivo y despilfarrador. Las últimas estanterías de mi habitación están llenas de buenos libros de poesía y novelas estupendas, y en los últimos dos años he desarrollado el gusto por los buenos libros de ensayo. Chesterton y Jünger, por ejemplo. También han entrado en mi colección, casi por casualidad, algunos libros de teología, y otros relacionados con cosas más actuales como los medios de comunicación y la publicidad. Y como remanente, aún sigo comprando de vez en cuando buenas novelas gráficas. Disfruté como un enano con V de Vendetta, con Una historia de Violencia y con mi pequeño secreto, que sigo guardando por si alguna vez soy capaz de dirigir una película. Ya ni siquiera sé dónde voy a ir metiendo los libros nuevos que compro.

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