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La redención en el cine de Clint Eastwood: Sin Perdón y Gran Torino

William Munny y Walt Kowalski. El americano antes sin nombre, y el polac prick. Si uno ve Unforgiven (1992) y luego Gran Torino (2008), ha de tener la sensación de encontrarse en ambos casos ante algo similar. No es que las películas sean parecidas, que no lo son: sin embargo, parece que el drama humano es siempre el mismo. William Munny con sus hijos y el recuerdo de su esposa y luego la botella de whisky, Walt Kowalski con su cerveza americana, su furgoneta Ford, su Gran Torino y su perra. Y sin embargo, ambos irrevocablemente solos.

A pesar de que a ambos la vida les arrastre, están solos. Son agnósticos ante los pilares tradicionales de la familia: la relación de Kowalski con los hijos es una estampa tristemente familiar para muchos de nosotros. No tarda uno mucho en darse cuenta de que al bueno de Walt, como al malo de William, les falta lo mismo: la mujer. Y sin eso, Clint lo sabe, y no es el único, es jodido seguir adelante.

El hombre solo, decía. Y agotado. De vivir. Aquí es donde los caminos de Munny y Kowalski empiezan a separarse. No tanto, en el fondo. De repente, entre tanta ruina y hastío, entre tratar de sembrar en un campo yermo y limpiar a diario un Gran Torino que nunca se usa, hay un chispazo que de repente casi devuelve al hombre a la vida. Los compañeros de viaje de Munny, Thao y Sue para Walt. Y el cabrón de Clint, que de hacer buen cine sabe un rato, te ilusiona como un enano mientras ves cómo un viejo cascarrabias y quemado vuelve a la vida de la forma más inesperada.

Pero Clint, cabrón. Ya nos conocemos. Cuando de repente estabas ya sonriendo por dentro y diciendo, como mientras ves Vive como quieras (o cualquiera otra de Capra), ¡esto es cine, esto es cine!, llega Clint y te tira la losa a la cabeza. Para ambos (Munny y Kowalski, a Clint le dejo el beneficio de la duda), esos chispazos -a veces llamaradas- de vida no son más que un aplazamiento de un sufrimiento ineludible. Ambos parecen ser conscientes de ello, sin embargo. Y aquí es donde los caminos del llanero solitario y del trabajador de Ford se separan definitivamente.

El final de Unforgiven es guay, genial, pero desencantado, sin esperanza. Tras la ensalada de tiros que se marca el tito Clint, uno sabe que en el Oeste todo va a seguir igual. Porque en el oeste siempre sigue todo igual. Por eso ver Gran Torino es mirar directamente al alma de Eastwood: ha tenido 15 o 16 años en los que madurar. Y como muchos otros grandes directores, parecen dar con verdades humanas esperanzadoras al final de su carrera -y de su vida-. Por eso Walt Kowalski es consciente de que es necesario cambiar algo en el Oeste. No por él, un pobre viejo enfermo y harto de la vida, con el horror del sufrimiento y la violencia humanas enquistadas en el alma. Por Sue y Thao. A su manera, también salvó al jovencito en Unforgiven, pero no es lo mismo. Por eso Kowalski al final se confiesa con el cura virgen de 27 años que no tiene ni idea de qué es la vida o qué la muerte, y se va a encontrarse con una ensalada de tiros sobre su pecho, armado solamente con un mechero y un cigarro. Porque él tiene una luz que entregarle al mundo, a pesar de sí mismo. Ya quisiéramos muchos.

Gracias, tito Clint. Lo he dicho, lo digo, y seguramente lo seguiré diciendo siempre: como tú, ya las hacen muy poquitos. Dios te guarde.

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