apuntes, cine, prosita

Videoclubs

El primer videoclub que pisé en mi vida se llamaba Zodiaco. Lo regentaba un tío con pinta de moderno para su edad y su tiempo (y de marica), y su coche rojo (un Seat, creo) tenía una pegatina enorme que se leía Joneymel. Según supe luego, eran las iniciales de los nombres de sus tres hijos. No puedo decir realmente que yo viera mucho cine sacado de aquel videoclub: más bien, traté de tangarme videojuegos de la PSX, que estaba recién salida por aquel entonces (1994, si mal no recuerdo). Yo era el típico niño gordo y feo que todos ustedes imaginan perfectamente, y flipaba con Dragon Ball y Oliver y Benji. Así que yo entonces sólo iba al videoclub a mirar el Dragon Ball Final Bout, que valía 10.000 pelas por entonces (y ya era), y para mí los estantes con VHS eran los que estaban detrás de los videojuegos, y al lado de la salita con una cortina que guardaba el porno.

El siguiente videoclub al que me apunté ya me pilló siendo capaz de ir andando solo al barrio de al lado. También creo que fue donde vi por primera vez a un inmigrante fuera de la tele. Mohamed, Hassan, averigue usted: allí le llamábamos El moro Juan. El tío que hablaba sevillano más malamente de todo el mundo y parte de Australia, y también el tío que sabía cómo piratear y liberalizar (toma palabro) los móviles, cuando Airtel empezaba a sonar como una compañía que podía hacerle la competencia a Telefónica. Aquel videoclub, un local pequeño al lado de un puesto de chucherías de inevitable visita, fue para mí durante mucho tiempo lo que para Bastian cierto ático o para Borges la biblioteca de su padre: un sitio donde escapar durante horas a un sitio que aun hoy me sería difícil describir. Aún recuerdo vivamente a mi yo de 11 o 12 años mirando la portada del VHS de eXistenZ pensando: “¡pero si eso no se escribe así!, y además se liaron con las mayúsculas”. Poco antes de que el moro Juan tuviera que cerrar el chiringuito y largarse sólo Dios (o Alá) sabe adónde, logré llegar a vislumbrar los primeros DVDs que conocí. Grandes títulos del porno de adolescentes neófitos en la materia, por cierto (El confesionario y otras joyas).

Antes de mudarme de barrio y de dar carpetazo a muchas cosas, paré mucho en otro videoclub. Concretamente, hubo un verano en que pasaba casi todas las tardes allí. Me cogió ya con los 15 o 16, con la adolescencia a flor de hormona, el jerbi mental en la sangre, las sudaderas hasta en verano y la cadena hortera al cuello. Ya se lo imaginan. También coincidió con la época en que me dio por dar más vueltas en el PC que un maricón en una piscina, y por pensar que en 64 GB podían caber todas las películas que yo quisiera ver a lo largo de mi vida. Así que me alquilaba dos, tres o cuatro cada día, todo DVDs ahora, y trasteaba con ellas en el PC. En el proceso de trastear con ellas las veía, claro. Vi más de cien películas de todos los tipos aquel verano, casi seguro. También en ese videoclub, regentado esta vez por un treintañero regordete y friki consolero (ah, las almas gemelas), tuve mis primeros contactos con la mezcla mortal para el estómago pero deliciosa que es la cerveza Cruzcampo medianamente fría, los puritos y los paquetes gordos de Doritos. Años más tarde, mi estómago sigue haciéndome pagar por ello. Todavía muchos días estoy tentado de coger el coche y volver al barrio a ver si el videoclub sigue abierto, pero seguramente eso lo estropearía todo. Sabina ya lo dijo: al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.

El último videoclub por el que paré fue diferente, desangelado. Tal vez porque por entonces yo ya había cumplido la mayoría de edad, y había perdido las ilusiones, los ideales, y me había convertido en el gilipollas cínico que conocen todos los que me conocen. Me gustaba parar por el videoclub a mirar los estantes, investigando por si encontraba algo interesante entre spidermans, hulks y demás cosas. Todo esto intoxicado por el espíritu esnob del que entonces estaba orgulloso, a pesar de no tener ni puta idea de qué significaban palabras como neorrealismo ni quién fue Griffith. Disfrutaba charlando con el dependiente de tonterías y de los estrenos de la semana y de la carrera de Jack Nicholson, pero en el fondo le consideraba un ignorante y le despreciaba, como entonces lo despreciaba casi absolutamente todo. Una corrupción del alma de la que aún me avergüenzo hoy. Así que al poco tiempo dejé de ir. No puedo recordar nada más de ese sitio, a pesar de que es el más reciente de todos. El color claro de la madera de los estantes, y que ahora, si mal no recuerdo, es una floristería y tiene delante una parada de autobús.

Y luego poco más que merezca la pena contar. Media Player Classic, Videolan, eMule, BitTorrent. Sí, ahora tengo 2000 GB de discos duros enchufados a mi ordenador y puedo descargarme y ver las películas que me dé la gana y cuando quiera. Pero luego no puedo comentarlas con quien quisiera ni como quisiera, y me limito a poner un numerito feo y, si ando animado, escribir seis o siete líneas para FilmAffinity, y guardar la película en la colección. No hay risas, ni discusiones, ni cerveza, ni tabaco ni Doritos. Que sí, que es todo el cine que yo quiera. Pero.

***

Por cierto, próximamente estaré colaborando como crítico de cine en Sin Futuro y Sin Un Duro.

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8 thoughts on “Videoclubs

  1. Con toda seguridad, este es el post que más me ha gustado de los que has escrito hasta ahora.
    Hace segundos lo estaba meditando; ahora estoy segurísimo.

    PD: ¿Ves como te puede salir algo natural, radical e irreverente sin utilizar tantas palabrotas?

  2. Es genial, Maister. Ya te lo dije anoche, que echaba de menos estas magníficas entradas en que te muestras natural y nos cuentas historias que enganchan. Lo echaba de menos, ahora no.

  3. Marica del barrio dice:

    yayo, óyeme, soy tu brodel, soy tu engaño. Exselente notisiero ehmano. sigue asin.

    Un xaludo bro.

    Fill me up, fill me up, aha, aha!

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