Siguen sin pagarme…

Incluso parecía un buen tipo.

Cómo demonios

-¿Qué has dicho, Tom?

-Willie, ¿qué pensarías tú de una joven que cada vez que te ve te dice: “tú me quieres, ¿verdad?”

-Me preguntaría cómo demonios lo ha descubierto.

-A mí me pasa lo mismo.

(William Saroyan, La comedia humana, ed. Acantilado, 2004)

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Ver el mundo tal cual es, y amarlo

Nunca diremos de un hombre que por ser harto grande el mundo no le basta. La inquietud de espíritu no es signo de grandeza. Toda falta de armonía entre el ser y las cosas, entre la vida y sus leyes, aun en los grandes hombres, no es producto de su grandeza, sino de su debilidad. ¿Por qué intentar esconderla? ¿Es el más débil menos digno de amor? Lo es más, porque más lo necesita. No seré quien levante estatuas a héroes inaccesibles. Aborrezco el idealismo cobarde que aparta los ojos de las miserias de la vida y las flaquezas del espíritu. Hay que decírselo a un pueblo harto sensible a las engañosas ilusiones de las palabras sonoras: En el mundo hay sólo un heroísmo: ver el mundo tal cual es; y amarlo.

(Romain Rolland, Miguel Ángel, trad. L. Cernuda y R. Calleja, 1956)

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Soledad de Monseñor Bienvenido

Transcribo casi completo el capítulo 12 del libro I de Los Miserables. Aunque en el original se hace referencia a la curia eclesial de la época, creo que el texto es aplicable, coma por coma, a la clase política actual, para desgracia de todos. Veamos:

Hay casi siempre alrededor de un obispo una turba de cleriguillos, como en derredor de un general hay una bandada de oficiales. Estos son los que el bueno y sencillo San Francisco de Sales llama, no sé dónde, “curas boquirrubios”. Toda carrera tiene sus aspirantes, que naturalmente forman el séquito de los que han llegado a su término. No hay poder que no tenga su corte. Los buscadores del provenir hormiguean en derredor del presente espléndido. Toda metrópoli tiene su estado mayor: todo obispo un poco influyente, lleva en pos de sí una nube de querubines seminaristas, que hacen la ronda y conservan el orden en el palacio episcopal, y montan la guardia a la sonrisa de Su Ilustrísima. Agradar a su obispo es poner el pie en el estribo para un subdiaconado. Es menester andar el camino: el apostolado no desdeña las canonjías.

Así como en otros ramos hay cargos pingües, en la Iglesia hay buenas mitras. Estas las desempeñan obispos que están bien con la corte: ricos, con rentas, hábiles, aceptados por el mundo, que sin duda saben orar, pero que también saben solicitar; poco escrupulosos de que toda una diócesis haga antesala a su persona; lazos de unión entre la sacristía y la diplomacia; más bien clérigos que sacerdotes; más bien prelados que obispos. ¡Feliz de aquel que a ellos se aproxima! Como son gente de crédito, hacen llover en torno suyo, sobre los servidores solícitos y los favoritos, y sobre toda esa juventud que sabe agradar, los buenos curatos, las prebendas, los arcedianatos, las capellanías y las canonjías, mientras llegan las dignidades episcopales. Al avanzar ellos mismos, hacen progresar a sus satélites: es cada uno de ellos todo un sistema solar en marcha. Su esplendor irradia sobre su séquito; su prosperidad se distribuye entre sus paniaguados en buenas promociones y buenos ascensos. Cuanto mayor es la diócesis del patrono, mayor es el curato del favorito; y luego, a Roma a por todo. Un obispo que sabe llegar a ser arzobispo, un arzobispo que sabe alzarse a cardenal, os lleva como conclavista; entráis en la Rota; tenéis el palo; os veis hecho auditor, camarero, monseñor. Después, desde la ilustrísima a la eminencia no hay más que un paso, y entre la eminencia y la santidad, no hay más que el humo de un escrutinio. Todo bonete puede soñar con la tiara: el sacerdote es en nuestros días el único hombre que puede regularmente llegar a ser rey. ¡Y qué rey! ¡El rey supremo! ¡Así, qué semillero de aspirantes en un seminario! ¡Qué de niños de coro rubicundos, qué de jóvenes presbíteros llevan en la cabeza el cántaro de la lechera! ¡Qué fácilmente la ambición se oculta bajo el nombre de vocación, de buena fe, tal vez, y engañándose a sí misma, cándida como es! (…)

Vivimos en una sociedad sombría. Medrar: tal es la enseñanza que gota a gota cae de la corrupción a plomo sobre nosotros. Dicho sea de paso, el éxito es una cosa bastante fea. Su falso parecido con el mérito engaña a los hombres de tal modo, que para la multitud, el triunfo tiene casi el mismo rostro que la superioridad. El éxito es compañero del talento, tiene una víctima a quien engaña, y es la historia. (…) Medrad: ésta es la teoría. Prosperidad supone capacidad. Ganad a la lotería y sois un hombre hábil. Quien medra es venerado. Naced de pie: todo consiste en esto. Aprovechad la ocasión de medrar y tendréis lo demás; sed afortunado y os creerán grande. Fuera de cinco o seis excepciones inmensas, que son el orgullo y la luz de un siglo, la admiración contemporánea no es sino miopía: se toma el similor por el oro: no importa que uno sea advenedizo si llega a su objeto el primero. El vulgo es un viejo Narciso que se adora a sí mismo, y que aplaude todo lo vulgar. (…) Los hombres llaman a esto Genio, lo mismo que llaman Belleza a la figura de Mosquetón, y Majestad a la tiesura de Claudio.

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El Violinista

Ocurrió en París, en una calle del centro. Un hombre sucio y maloliente tocaba un viejo violín. Frente a él y sobre el suelo se encontraba su boina, con la esperanza de que las personas que pasaran por allí le arrojasen algunas moneadas para llevar a casa.
El pobre hombre trataba de sacar alguna melodía, pero era imposible identificar a cuál se refería, debido a lo desafinado que se encontraba el violín y a la forma aburrid en que lo tocaba.
Un famoso solista, que junto a su mujer y a unos amigos, salían de un teatro cercano, se pararon frente al hombre que tocaba el violín. Todos arrugaron la cara al escuchar esos sonidos tan raros. Y no hicieron otra cosa que reírse. Así que la esposa del solista le pidió a su marido que si podía tocar algo. El marido le echó una mirada a las pocas monedas que había en el interior de la boina del pobre hombre y decidió hacerlo.
Le pidió el violín y él se lo prestó con cierta tristeza. Lo primero que hizo el solista fue afinar. Y después con mucho saber tocó una melodía muy bonita con el viejo instrumento. Los amigos empezaron a aplaudir y las personas que pasaron por allí comenzaron a agruparse para ver aquel espectáculo. Al escuchar la música las personas de las calles cercanas también se acercaron y de pronto se abarrotó el trocito de calle por el pequeño concierto.
La boina no se llenó sólo de monedas, sino también de muchos billetes. Mientras el solista creaba melodías tras melodías con mucha alegría. El pobre hombre estaba aún más feliz y no paraba de dar saltos de alegría y de decir:
-¡Ése es mi violín! ¡¡Ése es mi violín!!
Lo cual era cierto.

(Leído en Lo que ha llovido, Númenor, 2009, escrito originalmente por una chica de 14 años)

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Más de Henry James

-¿Es engañoso que le encuentre viviendo con toda apariencia de felicidad doméstica, con la bendición de una mujer afectuosa y llena de cualidades, con hijos a quienes no he tenido todavía el placer de conocer, pero que deben de ser unos jóvenes deliciosos, por lo que sé de sus padres?

-Todo eso es excelente, mi querido amigo; no permita Dios que lo niegue. He hecho mucho dinero; mi mujer ha sabido cuidar de él, usarlo sin desperdiciarlo, ahorrar una buena cantidad, hacerlo fructificar. Tengo mis reservas; lo tengo todo, en efecto, excepto la gran cosa…

-¿La gran cosa?

-La sensación de haber hecho lo mejor que podía; la sensación, que es la verdadera vida del artista, y cuya ausencia es muerte, de haber sacado de su instrumento intelectual la mejor música que la naturaleza había escondido en él, o de haberlo tocado como se debía tocar. El artista lo hace o no lo hace, y si no lo hace, no es digno de que se hable de él.Y precisamente los que entienden de veras no hablan de él. Quizá él siga oyendo una gran algarabía, pero lo que más oye es el incorruptible silencio de la fama.

(De La lección del maestro)

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Canción del río

Ando leyendo con detenimiento y ganas el libro inédito de Jesús Cotta Lobato, A merced de los pájaros. Recomendado por José Julio Cabanillas, eso es garantía de éxito (al menos en lo estrictamente poético). Como prueba, este poema, Canción del río.

Yo soy el río, adiós, yo soy el río
monte abajo y reboso de la tiera.
He aquí los olmos y éstas son las ranas.
Ya mismo pasaremos bajo el puente.
Yo soy el río, adiós, yo soy el río.
Contempla mis sombrías cañaveras.
Una cierva murió donde ahora estamos
y aquí apagó su sed no sé qué incendio.
¿Te gustan mis cascadas y mis aves?
¿Alguna vez te hirieron mis guijarros?
Yo soy el río, adiós, yo soy el río.

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Citas estúpidas y gente estúpida: hoy, Teddy Bautista

La mala calidad de las descargas musicales atrofia el oído

No se pierdan el resto, que es igual de estúpido.

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Citas no tan célebres pero que molan igual (II)

“Quizá se dicen menos tonterías que las que se imprimen”

Edmond y Jules de Goncourt

(vía)

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Resumen del Ciclo de Invierno Númenor 2008

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Gary Cooper en The Fountainhead

Hace millones de años, un hombre descubrió cómo hacer fuego. Probablemente fue quemado en la hoguera que enseñó a encender. Pero les dejó un regalo que ellos no habían concebido, y alejó la oscuridad de la tierra. A lo largo de los siglos, hubo hombres que abrieron nuevos caminos armados únicamente con su propia visión. Los grandes creadores, pensadores, artistas, científicos, inventores, estuvieron solos contra los hombres de su época. Cada nueva idea fue rechazada, cada nuevo invento fue denunciado, pero los hombres con visión de futuro siguieron adelante. Lucharon, sufrieron y pagaron, pero vencieron.

A ningún creador le impulsó un deseo de satisfacer a sus hermanos. Sus hermanos odiaban el regalo que él ofrecía. Su verdad era su único motivo. Su trabajo era su único objetivo. Su trabajo, no aquellos que lo usaran. Su creación, no los beneficios que otros sacaran de ella, la creación que daba forma a su verdad. Él sostenía su verdad contra todo y contra todos. Seguía adelante aunque otros no estuvieran de acuerdo con él. Con su integridad como única bandera. No le servía a nada ni a nadie. Vivía para sí mismo, y sólo al vivir para sí mismo fue capaz de lograr las cosas que son la gloria de la humanidad.

Esa es la naturaleza del logro. El hombre no puede sobrevivir, excepto a través de su mente. Llega a la tierra desarmado. Su cerebro es su única arma, pero la mente es inherente al individuo. El cerebro colectivo no existe. El hombre que piensa, debe pensar y actuar por sí mismo. La mente racional no puede funcionar bajo ninguna forma de coacción, no puede subordinarse a necesidades, opiniones o deseos de los demás, no es un objeto de sacrificio. El creador se mantiene firme a sus opiniones, el parásito sigue las opiniones de los demás. El creador piensa, el parásito copia. El creador produce, el parásito saquea. La preocupación del creador es conquistar la naturaleza, la preocupación del parásito es conquistar a los hombres. El creador necesita independencia, ni sirve ni gobierna, se relaciona por libre intercambio y decisión voluntaria. El parásito busca poder, quiere atar a todos los hombres en acción común y esclavitud común. Ve al hombre como una herramienta para el uso de los demás, que debe pensar como ellos, actuar como ellos, y vivir abnegado y triste, sirviendo toda necesidad excepto la suya.

Miren la historia. Todo lo que tenemos, cada gran logro, ha salido del trabajo independiente de una mente independiente. Cada horror y destrucción procede de los intentos de convertir a los hombres en robots sin alma ni cerebro, sin derechos personales, sin ambición personal, sin voluntad, esperanzas o dignidad. Es un viejo conflicto. Tiene otro nombre, lo individual contra lo colectivo. Nuestro país, el más noble de la historia de la humanidad, se basó en el principio del individualismo, el principio de los derechos inalienables del hombre. Un país donde un hombre era libre de buscar su propia felicidad. Ganar y producir, no rendirse y renunciar. Prosperar, no morirse de hambre. Lograr, no saquear. Tener como mayor posesión su sentido de valor personal y como mayor virtud, su respeto hacia sí mismo.

Miren los resultados. Eso es lo que los colectivistas les están pidiendo que destruyan, como ya se ha destruido parte de la tierra. Yo soy arquitecto, sé lo que vendrá por las bases de lo que se construye. Estamos llegando a un mundo en el que no puedo permitirme vivir. Mis ideas son de mi propiedad. Me las quitaron por la fuerza, violando un contrato. No se me permitió apelar. Creían que mi trabajo pertenecía a otros para hacer lo que quisieran, que tenían un derecho sobre mí sin mi consentimiento, que mi deber era servirles sin alternativa o recompensa.

Ya saben por qué dinamité Cortlandt. Yo diseñé Cortlandt, yo lo hice posible, yo lo destruí. Acepté diseñarlo con el fin de verlo construido como yo quería. Ése fue el precio que le puse a mi trabajo. No me pagaron. Mi edificio fue desfigurado por los que se beneficiaron de mi trabajo sin darme nada a cambio. He venido aquí a decir que no reconozco el derecho de nadie a un minuto de mi vida, ni a ninguna parte de mi energía, ni a ningún logro mío. No importa quién lo reclame. Tenía que ser dicho. El mundo está pereciendo en una orgía de sacrificio. He venido para ser escuchado en nombre de todos los hombres independientes que hay en el mundo. Yo quería plantear mis ideas. No quiero trabajar ni vivir bajo otras ideas. Mis ideas son el derecho del hombre a existir por sus propias razones.

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