Siguen sin pagarme…

Incluso parecía un buen tipo.

La excepción cultural

Tratar de analizar el comercio internacional de productos audiovisuales en el mercado globalizado actual del Siglo XXI no es tarea sencilla. No podemos hablar de productos culturales como si habláramos de lavadoras o reproductores de mp3, por dos motivos muy sencillos. El primero de ellos es que los productos culturales son la herramienta definitiva de un pueblo para establecer y perpetuar sus patrones culturales y sociales; es decir, son el mayor instrumento de generación y mantenimiento de identidad cultural definida, lo cual en principio podría ser un conflicto con un mercado globalizado donde no existen fronteras; en cierto sentido, la labor de estos productos podría ser la de delimitar fronteras y no la de anularlas. Por otra parte, no podemos olvidar que el consumo de productos culturales viene marcado por el carácter de éstos de bien de experiencia: es imposible saber si nos gusta o no hasta después de haberlo consumido. Esto actúa como barrera de entrada para productos generados por un patrón cultural distinto al nuestro propio: si no entiendo la forma de ver el mundo de un nigeriano, no entenderé la cultura que generen. Al no entenderla no me gusta y no la consumo. Como no se consume, no aumentamos la producción, porque no va a ver películas nigerianas nadie de fuera de Nigeria. Esto es un mal ejemplo porque, para los que no lo sepan, Nigeria es el primer productor mundial de cine en cuanto a volumen. Pero el ejemplo se entiende.

Así pues, en Europa se estableció hace ya tres o cuatro días la aplicación de la excepción cultural, esto es, que las reglas de libre mercado que se aplican en la Unión Europea para el resto de productos no sean aplicables a los productos culturales. La implantación de esta exención trajo cola en su día y aún la sigue trayendo hoy. La razón que se dio inicialmente para la aplicación de la excepción es que era el único modo de preservar las identidades nacionales dentro de la UE, el único modo de defenderse del gigante americano que llena nuestras salas de cine, nuestras televisiones y nuestras librerías. Lo que es cierto, en todo caso, es que en Polonia más del 90% del cine consumido es estadounidense, y no ha sido un país precisamente muy influenciado por EEUU hasta la caída del telón de acero, y que la excepción cultural a efectos prácticos lo que hace es proteger el mercado nacional de producción de cultura a través de ayudas y subvenciones a las empresas.

A esta medida le han llovido críticas, que podríamos clasificar en dos tipos: críticas al fundamento y a la efectividad. La crítica más dura hacia el fundamento es la que dice que la excepción cultural no es más que una forma de camuflar la censura. Al promover no sólo la producción y consumo de producto exclusivamente nacional, sino también al poner trabas a la entrada de productos extranjeros en tu mercado -por extranjeros entendamos norteamericanos-, se da al Estado la capacidad de decidir, dentro de lo que cabe, qué ve la gente y qué no. Existe, pues, el riesgo del dirigismo cultural, de que el Estado mire a sus ciudadanos por encima del hombro y les diga qué es lo que es bueno para ellos, que es una base ideológica del socialismo y la esencia misma de un despotismo ilustrado que podría ser adaptado al Siglo XXI. Otra crítica asociada a ésta es que el libre mercado de productos culturales no tendría por qué generar aculturación -la pérdida de identidad cultural de un país o zona- sino simplemente un cambio. Hay una presuposición por parte del Estado de que el ciudadano es una especie de buzón de correos al que puedes echar cosas que se traga sin rechistar y que consume sin voluntad propia: la aplicación de la teoría de la aguja hipodérmica de Laswell al comercio de cultura. La última de las críticas al fundamento incide sobre el hecho de que la discriminación se hace según criterios de nacionalidad y no de calidad; así, premiamos, subvencionamos y damos facilidades a infames productos españoles que nadie en su sano juicio querría ver -la última de Willy Toledo, por ejemplo- mientras que ponemos trabas al buen -y al malo también- cine americano. Además, este criterio nacionalista tiene poco que ver con el patrón cultural, y de nuevo vuelve a ser un incentivo para el mercado interno.

Las críticas a la efectividad de la excepción cultural son también abundantes, y además todas refrendadas una y otra vez en los últimos veinte años por el hecho de que la inmensa mayoría de cine que todos seguimos consumiendo es cine americano. La primera de ellas es que incentivar la producción de cultura nacional no implica que la gente vaya a consumir esos productos. Puedes bombardear las salas con diez Los abrazos rotos por semana que si la gente no quiere ir verla no a ir. Las dos siguientes tienen que ver con el modo en cómo se gestionan las ayudas: las famosas y controvertidas subvenciones. Así pues, se esgrime como argumento que la producción no va a intentar ser mejor ni competitiva con respecto a los productos que realmente funcionan dentro del mercado, sino que simplemente se va a intentar llegar a los requisitos mínimos para poder recibir la subvención. Esto provoca, además, una internalización de la ayuda, ya que las partidas de dinero que destina la Unión Europea para crear un mercado europeo global y diverso se quedan siempre en los mercados nacionales cerrados, que nunca llegan a comunicarse entre ellos. Además, esto mismo provoca que el mercado nunca llegue a ser competitivo, porque es algo que realmente no le preocupa; la mayoría de las productoras españolas viven de la mendicidad del Estado y la Unión Europea. Finalmente, parece bastante evidente que la excepción cultural no ha conseguido en ningún caso perjudicar a los grandes grupos norteamericanos, aquellos contra los que se había propuesto luchar.

En los últimos años hemos pasado de hablar de excepción cultural a hablar de diversidad cultural; en la actualidad se aplican algunas normas del libre mercado a los productos culturales, aunque se permite la intervención del Estado en este mercado cuando sea necesaria. La reflexión y pregunta final acerca de este asunto tiene que ver con dónde colocamos los valores culturales y los económicos en un mercado como éste, y con preguntarnos qué es realmente la cultura. No parece ser tarea fácil responder a esta pregunta: sólo la UNESCO recoge más de 200 definiciones diferentes para este término. También tendremos que tener en cuenta que Internet ha cambiado la concepción del comercio internacional en los últimos años. Con Internet, todos los procesos cambian y se aceleran y se multiplican, y quizá en 10 años preguntarnos por estas cosas esté totalmente obsoleto porque finalmente habremos podido llegar a comprender el cine nigeriano a fuerza de bajárnoslo de Internet.

PD: el mercado audiovisual europeo pierde unos 8.000 millones de euros anuales. 400.000 puestos de trabajo.

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Usar Pandora fuera de EEUU

Para los melómanos internetiles, hay servicios que, en calidad y cantidad de música, están bastante por encima de cosas como la radio de Last.fm (ya difunta) o el propio Spotify. Estoy hablando del Music Genome Project, la base del servicio Pandora. Este proyecto nace con una intención básica: conseguir ofrecerte nueva música que te guste. Para ello, analizan las cualidades musicales de las canciones, una por una, y las catalogan. Luego tú creas una nueva estación a partir de un artista, un disco, o una canción, Pandora identificará las cualidades de lo que elijas y te pondrá más canciones que compartan algunas -o todas- de esas cualidades. Además, puedes ir refinando los resultados mientras escuchas, diciéndole al programa si la canción te gusta o no. El programa verá qué es lo discordante entre lo que te gusta y lo que no y eliminará canciones que no te van a gustar -en principio, claro-.

La idea es magnífica. La ejecución, también. Incluso el catálogo musical es bastante abrumador a menos que busquemos cosas demasiado cerradas y definidas. Que nadie espere que haya cientos de miles de temas parecidos al último remix de Mstrkrft. A lo que vamos. El problema de Pandora es que está restringido a oyentes de los Estados Unidos -gracias por no gestionar estos asuntos en tres o cuatro años, SGAE-. Antes era un poco más complejo saltarse esta restricción, que se basa en conseguir tener una IP estadounidense cuando entras en Pandora para que el programa no se entere de dónde eres. Antes esto requería usar un proxy -la mayoría bastante lentos-, buscar listas de IPs actualizadas del país en cuestión, configurar a mano el navegador, etc. Por suerte, a día de hoy existe un programita maravilloso llamado HotSpot Shield, que hará todo esto por nosotros. Lo instalamos y, cuando lo ejecutemos, nos abrirá una pestañita en nuestro navegador en la que nos informará del proceso de asignación de IP estadounidense. Cuando nos diga que estamos conectados y nos abra una web que lleva por título Use RSS to search the web -WTF- ya podemos entrar sin miedo en la web de Pandora y comenzar a usar el servicio. Podemos incluso crear una cuenta personal para que guarde nuestras preferencias y las estaciones que creamos.

Actualmente el servicio gratuito de Pandora sólo permite 40 horas de escucha mensual. Parece poco, y seguramente lo sea, pero menos da una piedra, y bien aprovechadas dan para conocer a muchos artistas nuevos. Que ustedes lo disfruten.

Pandora

PD: recordad mantener activo el HotSpot Shield exclusivamente mientras estéis usando Pandora. Al ser un proxy, ralentiza la navegación y coloca un molesto banner encima de cada página que visitamos -que se puede cerrar, eso sí-.

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Una historia cualquiera

Disponíase el en otro tiempo celebrado escritor, tildado por algún entusiasta crítico como la esperanza en la poesía joven española, a dormir un rato. Eran las cinco y poco de la mañana, y el despertador del móvil marcaba impasible las nueve de la mañana como hora límite para el descanso. O el intento de. En todo caso, a nuestro escritorzuelo no le entusiasmaba mucho la idea de dormir más de lo necesario: de día hay demasiado ruido, demasiadas llamadas, demasiado emails; es de noche cuando uno aprovecha realmente el tiempo.

Tras un rato de lectura de Las crónicas del Sochantre de Álvaro Cunqueiro, el hombre estaba medio sopa; como para no. Anotó mentalmente la página 150 para el día siguiente y dejó el libro debajo de la almohada; la distancia entre la cama y la mesilla de noche se le hacía ahora insalvable. En éstas estaba, decidido a dormir, cuando empezó a pensar en el tiempo que llevaba sin escribir. No sabía cuánto era, pero era mucho, y desde luego más de lo deseable. Por esta misma razón, hacía tiempo, había dejado de fechar los poemas que escribía; así no sentía la tentación de ir a mirar la fecha del último para luego echarse las manos a la cabeza. El escritor, como seguía llamándose a sí mismo a pesar de que la duda le corroía diariamente, notaba su cabeza embotada. Como si hubiera estado demasiado tiempo bajo la presión de la nadería más absoluta, cosa que achacaba al exceso de privación intelectual, entiéndase leer libros y ver películas. Trató de recordar la última novela que había terminado de leer, hacía sólo un par de días: pudo recordar fácilmente el nombre del autor, Joseph Roth, pero durante un par de minutos no pudo recordar nada más. Nada. Ni título, ni trama, ni qué cosas le habían gustado o cuáles encontraba valiosas.

Sintió miedo. Miedo de que el daño hecho a su cerebro por la inactividad y el exceso de periódicos y redes sociales fuera irreversible; de que se hubiera vuelto un tonto, y que la poesía ya no tuviera un lugar donde sentirse acogida entre sus sinapsis y sus neuronas, entre sus manos y sus ojos. Lamentábase así, entre la autocompasión y la verdadera tristeza; el escritor no sólo consideraba la poesía como algo valioso, ni tampoco sólo como una vocación; era el único oficio que consideraba verdadero, la única habilidad importante que tenía, y la idea de perderla era realmente aterradora. Un mosquito zumbaba insistentemente cada par de minutos cerca de su oído, y eso hacía más difícil dormir, ya que tenía que estar pegando cabezazos de un lado a otro y moviendo la almohada cada vez que sentía al fiero animal acercarse a la recóndita cueva de su oreja derecha.

En éstas estaba, digo, nuestro héroe, cuando de repente una imagen le vino a su cabeza: un hombre con bigote, semblante serio, y sin saber por qué, la palabra “salitre”. Nuestro hombre enseguida reconoció en el bigote y el salitre a la musa, que había decidido venir a visitarle de sorpresa, y él con estos pelos y peleándose con un mosquito. La musa, a través de los labios del hombre desconocido, le susurró: “el rigor del salitre en el bigote”. La misma historia de siempre: una imagen inconexa, y un verso. Lo demás dependía de él. Se encontraba ahora en la disyuntiva entre apuntarlo en un papel o tener la esperanza de recordarlo todo al día siguiente. Nuestro escritor, que ya tenía experiencias previas de este tipo, supo que la segunda opción no funcionaría. De repente vinieron más imágenes: las cenizas de unos hombres muertos que bajaban de un barco. Una taberna, unas putas.

El escritor tomó clara conciencia de que no debía dejarlo pasar y se levantó decidido a apuntarlo todo para el día siguiente y de paso ver si localizaba al mosquito para fumigarlo. Mientras buscaba un papel donde apuntarlo todo, comprendió que si no se ponía a escribir la atmósfera de lo que tenía se perdería. Encendió el ordenador y se plantó delante de la página en blanco. A estas alturas ya no tenía miedo, y empezó a escribir. Resultó que, por el camino, la musa sola hizo criba y escarnio de algunas de las imágenes, y otras hubo de camuflarlas un poco por el bien del poema. A los pocos minutos lo tenía todo allí: el hombre del bigote, la mar, y el barco. Y su casa y su vida y las putas, que también eran parte de su vida. Observó en silencio aquellas líneas y, sin que nadie lo supiera, dio gracias. Encendió un cigarro y se dispuso a releer. No sabía, ni supo, si aquello era bueno o malo: nunca lo había sabido, y había aceptado y comprendido que no era su labor decidir el valor de aquellas líneas. Y menos, en ese momento.

Mientras releía, se dio cuenta de que aquella historia tenía mucho que ver con otras que había escrito hace mucho tiempo, con otras historias que creía que nunca volverían a su cabeza y a sus manos, que había dejado finiquitadas a pesar de no haberlo querido. Se sorprendió: no todos los días tomaba conciencia clara de que el tiempo pasa a ritmo diferente por el cuerpo y por el alma. Tampoco supo si eso era bueno o malo, pero tampoco era su labor decidirlo. Después de releerlo por segunda vez y acabar el cigarro, apagó el ordenador y volvió a la cama. En el silencio, ahora cómodo, dio las gracias de nuevo y se sonrió para sí. Como decía alguien: tal vez hubiera nieve en la azotea, pero aún se conservaba el fuego en la lumbre. Mientras intentaba quedarse de nuevo dormido, pudo comprobar que el mosquito todavía seguía allí.

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Mi butaca: The Wrestler (Darren Aronofsky, 2008)

Desde los estrechos pasillos del backstage, los gritos de los aficionados son apenas un murmullo. Conforme se acerca a la cortina de entrada a la sala del ring, el murmullo se torna furioso griterío. Randy “The Ram” Robinson lo conoce muy bien. Ram Jam! Ram Jam! Se golpea los antebrazos con fuerza mientras observa a la afición con la cabeza alta y sonriente. Es toda la vida que desea, toda la vida que conoce.

Sin embargo, no todo es ovación y ánimo. Han pasado ya casi veinte años de su mítico combate con Ayatollah en el Madison Square Garden. Las portadas de periódico se han ido, como la satisfacción de escuchar su nombre cien veces cada noche en cualquier radio americana. Mantiene aún su propia figura de acción en el salpicadero de su furgoneta, donde suenan incansablemente Guns ‘n’ Roses. Los noventa fueron una mierda, piensa. En los noventa se hizo viejo, y pasó de pelear en el Madison a cuadriláteros de cuarta, como una vulgar tonadillera de pueblo. De dejarse la piel y la carne en el ring, a ensayar junto a sus contrincantes cada movimiento del combate. Y en los noventa también se fue Stephanie, su hija. A “The Ram” han dejado de dolerle las cosas de dentro del cuadrilátero, y han empezado a dolerle las de fuera.

Todo el descanso de este vulgar trozo de carne son algunos niños que, entre divertidos y compasivos, juegan con él por las mañanas cuando sale de dormir en su furgoneta o le acompañan en algunas partidas a “Ram Jam, el juego”. Para Super Nintendo. También Cassidy, una stripper del club al que suele ir habitualmente, y a la que quiere convertir en una mujer decente. Claro que tampoco sabe muy bien cómo. Randy sabe pelear, pero poco más. Tras inflarse a medicamentos para no dejar de pelear y sufrir un infarto a causa de ello, “El Carnero” tiene que buscarse la vida fuera del ring. Sin las hostias de dentro, las de fuera te las da la rutina, el aburrimiento y la miseria. Ésas sí que duelen. Incluso en los momentos buenos, cuando baila con Cassidy y la besa, o cuando se reúne con su hija después de tanto tiempo y bailan un vals en un salón vacío, sabe que nada de eso puede durar mucho. Ninguna cosa buena dura mucho. Siempre hay un montón de mierda que viene a ponerse encima de todo lo demás.

Y así es. Randy sabe poco más que pelear, y la vida diaria requiere de una serie de habilidades que no todo el mundo puede aprender y practicar. Por eso, tras regalarle al hijo de Cassidy su figura de acción, ella le abandona. Las mujeres siempre se van. Su hija también. A Randy se le ha olvidado que había quedado con su hija gracias a una golfa cocainómana que le entretiene follando. Ahora también se le ha ido su hija. Y todo lo que le queda es una vida asquerosa, entre su furgoneta y una caravana que no llega a pagar todos los meses, y un horrible trabajo en un Deli aguantando a viejas y gilipollas. Y para esto, qué coño, que le den por el culo al bypass y al corazón. Randy ha dejado su vida en el cuadrilátero para  buscar una nueva, mejor, con aquello que desea. Pero aquello que desea le huye y le rechaza. You can’t always get what you want, que dirían los Rolling. Así que tal vez sea de volver al ring, a hacer un Ram Jam de despedida sobre su contrincante mientras recibe el aplauso y el calor de su público, que no sabe nada de su miseria, y demos gracias.

***

Hay algunas referencias bíblicas en The Wrestler y una pequeña comparación entre la figura de Randy y la de Jesucristo.

Buena parte de la película gira alrededor de la idea del dolor como redención, aunque este dolor esté preparado de antemano y casi ensayado. Los combates están rodados con una precisión quirúrgica. En una ocasión Randy, “El Carnero” (o “El cordero”, si queremos que la traducción sirva a nuestros fines) habla con Cassidy sobre alguna de las heridas que ha ido acumulando en su cuerpo a lo largo de los años. Ella le dice: “Fue empujado por nuestras faltas y lacerado por nuestras injusticias. Nuestro castigo recayó sobre él”. “¿De dónde es eso?”, pregunta Randy. “La Pasión de Cristo. Tiene el pelo igual que tú. Deberías verla”, responde ella. Poco después volveremos a ver otra vez “desangrarse” al carnero, en una escena que mezcla la referencia bíblica con la crítica social velada hacia el mundo de la lucha profesional y la degradación social de la masa.

En el ring vuelve a haber una metáfora bíblica, que esta vez gira sobre el público. El mismo público que ovaciona a Randy al entrar, que le ha seguido durante años, y al que llaman ídolo –Dios-, es el mismo que luego jalea a sus ejecutores y hace un festín con su carne. Antes de la escena final, mientras trabaja en el Deli, un cliente parece reconocerle. Sin embargo, Randy niega serlo. Se niega a sí mismo. Tres veces. Y llora. Y vuelve a aparecer el tema del dolor como redención. Se corta un dedo como forma de autocastigo, y a la vez de liberación.

Pero sin embargo, la escena más cargada de connotaciones bíblicas –Aronofsky es judío- es la del combate final. En ella, vemos a un Randy Robinson completamente abandonado por todas aquellas personas que consideraba suyas, especialmente su hija Stephanie. La única que le acompaña, como sorpresa final, es una improvisada María Magdalena –Cassidy-, que llora porque sabe a lo que va a enfrentarse The Ram. Va a subir él la cruz para sacrificarse. Su contrincante, Ayatollah, repitiendo el mismo combate de 20 años atrás, hace de Simón Cirineo en este camino. Le ayuda a cargar la cruz; se deja ganar. Le anima, le dice que lo deje, que se vaya a casa. Pero Randy está decidido a entregarse, a ofrecerse como sacrificio al público. Y Randy sabe lo que quiere el público: un último Ram Jam. Se pone de pie sobre las cuerdas, pone los brazos en cruz y da un salto hacia no sabemos dónde. Pero quizá aquí no haya redención posible, ni del público, ni de Randy, ni del espectador, y en el fondo tal vez acabemos sintiendo esto como un acto egoísta. Especialmente por María Magdalena. Es imposible no enamorarse de Marisa Tomei. Ustedes me disculparán.

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El sueño americano: de la ley seca al gangsta rap (I)

Aviso preliminar: en este artículo voy a hablar de la comunidad negra, de su evolución a lo largo de la historia reciente de los Estados Unidos, de la música rap, y en general de la idiosincrasia americana. Si eres antiyanki, tienes una bonita y gran X roja arriba a la derecha. Gracias.

Muchas veces a lo largo de mis años como oyente de música negra he tenido que oír bastantes opiniones de tasca de abuelos sobre esta música; que si música comercial, que si prefabricada, que si hecha para ganar dinero. Que si misoginia, que si vacilar, que si putas, que si dinero y que si coches y ropa. Es la misma gente a la que le encanta etiquetar cosas según su propio criterio. La misma que, según el grupo o solista le parezca de valor o no, calificará el estilo como “soul” o como “r&b”.

Pero, en el fondo, los que despotrican de la música rap actual y se lanzan enfervorecidos a los brazos del jazz de Bird o del blues de Lightnin’ Hopkins como si en ello les fuera la vida no han entendido nada. No sólo no han entendido nada en lo genuinamente musical, sino que tampoco han entendido cómo ha funcionado el siglo XX en relación a estos músicos en est sentido. Pero vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador, jaja, me parto.

Aunque la primera grabación de blues tal como la conocemos hoy data de 1912 -aunque si escarbamos podríamos encontrar los orígenes antes-, podríamos decir que empieza a surgir como género a partir de los años 20. El lugar ya lo conocen: New Orleans y alrededores, lo que algunos llaman el sur profundo y otros directamente la América profunda. Si ustedes me permiten decirlo, no era el mejor sitio para llevar una vida pacífica y sin complicaciones. En 1920, mientras crecía Robert Johnson, al country y al blues los llamaban race music, se promulgó una de las leyes que, en mi opinión, más ha marcado la idiosincrasia y el lifestyle americano desde entonces: la Ley Seca.

América es, o se autodenomina, como todos hemos oído y algunos usan como término despreciativo, “el país de las libertades”. Por eso, a mucha gente no le hizo gracia esta enmienda a la Constitución estadounidense. Todos los aficionados a la Historia de EEUU saben cuál fue la consecuencia –lógica, por otra parte- de esta ley. Un aumento exponencial del tráfico de booze, un incremento enorme del poder de las bandas mafiosas, y el surgimiento de figuras como la de Al Capone, aún hoy considerado una especie de héroe por mucha gente -¿Michael Cornelone someone?-.

El país entero se llenó de policías patrullando calles y de bares clandestinos ubicados incluso a la espalda de mercerías o tiendas de juguetes. Estos bares eran llamados speakeasy, y están muy bien retratados en muchas películas de cine negro de las décadas de los 40 y 50. Ésta fue la época del auge del blues, y del nacimiento del bop y del hard bop y del jazz de las big bands y el comienzo de la cultura del club –no confundir con la actual- con actuaciones de cabaret y cantantes que enseñaban carne por encima de la pantorrilla. Y ésta, seamos sinceros, fue la salida de la calle y del barro para muchos negros de la época: la música. Muchos incluso se hicieron ricos y famosos, aunque el prejuicio racial contra ellos tardaría mucho más en desaparecer. Aquí es donde se cae el primer mito de los jazzeros de pacotilla, cuando entienden que no es que el jazz fuera desde su nacimiento un género lleno de clase y glamour, sino que vestían a los negros con traje y corbata o pajarita para dar una imagen medio decente delante de la burguesía neoyorkina (o de donde fuese). Que se lo pregunten a Herbie Hancock, o a Miles Davis.  En la película Bird, de Clint Eastwood, o en Round about midnight, este fenómeno está muy bien retratado. Pero aun así, eso fue lo que les sacó de la calle. Y lo que les mantendría ganando dinero, y sobreviviendo, más bien que mal en la mayoría de los casos, desde los años 20, desde el derogamiento de la Ley Seca en 1933, hasta hoy –y mañana-. Con salvedades, por supuesto, pero con nombres que se nos echan encima con letras gigantes, como la Motown.

Como apunte, podemos ya notar que hay cosas que no han cambiado desde el nacimiento del blues, su posterior transformación en rythm’n’blues, luego hacia el rockabilly y todo el enorme número de géneros que surgieron de ahí, hasta el r&b y el rap que surgen en los 80 y que se extienden hasta nuestros días. Los temas que se tratan, por ejemplo. Y no sólo eso, sino también la forma de tratarlo. Cualquier persona despierta y con un nivel decente de inglés encontrará que entre Mojo Hand de Lightnin’ Hopkins y muchas de las canciones actuales de rap que ellos consideran misóginas y despreciables no hay mucha diferencia. También está la postura del hombre dominante en canciones como Leave my little girl alone (que por cierto, no deja de ser una canción enamorada hasta el fondo). Y también está el sentimiento de arraigo a la tierra: no en vano muchas de las primeras canciones de este género tienen nombres como “Memphis Blues”, o “Sweet Home Chicago“, por ejemplo, y de hecho el blues de algunas zonas es considerado casi como subgénero aparte. Como digo, esto se extenderá directamente hasta nuestros días, en un salto bastante curioso.

¿Y qué tiene que ver esto con el sueño americano? De hecho, ¿cuál es el sueño americano? Si algo nos demostró la ley seca es que, por una parte, a los americanos los recortes de libertades nunca les han sentado especialmente bien (cosa que se podría discutir actualmente por el apesebramiento social y el dominio de los medios de comunicación de masas, pero ése es otro tema). Y, por otra, también demuestra que a los americanos, como a la gente de cualquier parte, les gusta ganar dinero. Pero, a diferencia de los españoles, la mayoría de americanos quieren ser empresarios, no funcionarios. Y si ser empresario durante la ley seca era traficar con whisky o destilar ginebra en la bañera de un piso en ruinas alquilado a las afueras de Georgia, so be it. Y también demuestra que, ya desde comienzos del Siglo XX, la vía de escape de los suburbios y de la pobreza hacia una vida mejor -¿acaso no es ése el sueño americano?- de una parte de la comunidad negra estuvo relacionada de una forma u otra con este fenómeno y, sobre todo, con la música. Como veremos, este mismo patrón se repetirá de una forma u otra cuando nos acerquemos a fechas más actuales. Pero eso será la semana que viene.

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Más formas de perder el tiempo

Realizar un corto, por ejemplo.

Para verlo bien -maldito diseño del blog-, pinchad aquí.

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Sin saber cómo estoy perdiendo el tiempo.

Para verlo bien: http://www.youtube.com/watch?v=teJzRsJPr9U

Para verlo bien: http://www.youtube.com/watch?v=7SLrKrCDEpc

Pues así. Sí, ése que juega soy yo.

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Entrevista a Mundoficción

En esto empleamos algunos el tiempo libre.

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Lo que no se da

Me gusta la música de José Mercé. Me gusta que un disco suyo dure 30 o 40 minutos, que se acabe de repente y me quede con ganas de más y lo ponga de nuevo y no consiga aburrirme. Me gusta porque está bien tocao y bien dicho. Me gusta porque su música puede hacerme oler la miel y el jazmín. Porque algunas canciones me recogen y siento el nudo y el tirón en el estómago y en la garganta. Me gusta porque para hablar de la vida y del mundo se dirige a su mare. Porque habla de la Málaga vieja y del puerto y del sur. Porque, como dice tan bien, yo siempre seré del sur aunque no esté en mi tierra. Porque por un rato puedo olvidarme de que vivo en la Sevilla de los rascacielos en construcción, de las fnacs gigantescas y los carriles bici, y volver a los patios de vecinos, a las casitas bajas refulgentes por la cal. A las noches de verano, de jazmín y bulerías, riendo y cantando alrededor de la candela. Porque tiene versos tan directos y tan ciertos como “sólo se pierde lo que no se da“, que con su permiso, que acepto tácitamente, y con mu poca vergüenza, seguramente acabaré copiando para un poema algún día.

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Más estupideces comunes

Cada uno tiene una relación especial con su reproductor de mp3/teléfono móvil. Y con la música que lleva en él. Dentro tienes un montón de canciones que te flipan, que te gustan, que escuchas todos, o casi todos, los días. De repente, un día te ves en la tesitura de tener que enseñarle o ponerle a tu(s) colega(s) la música que llevas en el cacharro. De repente existe una separación entre uno mismo y otro yo exterior que observa la escena. Algunas -muchas- de esas canciones empiezan a ser largas, aburridas. La retahíla de excusas a tus colegas se vuelve delirante y a la vez divertida: ésta no, a ver ésta… tampoco, ésta es  una mierda, ésta no te va a gustar…

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En twitter

  • Se acabó el WoW por hoy. A tribute to mad skill :) Editando el vídeo del kill. 36 minutes ago
  • Ay, no me acuerdo de cómo era la palabra que se usaba para cuando imitas con la guitarra eléctrica los gemidos de una mujer. 2 hours ago
  • Hay pocas cosas tan entregadas y sinceras en este mundo como una naranja. 2 hours ago
  • -Suena como si estuvieran pegando a un bebé con un gato. -¡Pero hay que escuchar las notas que no toca! -Eso puedo hacerlo yo en mi casa. 2 hours ago
  • No es para leer, es para firmar. 2 hours ago

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