Siguen sin pagarme…

Incluso parecía un buen tipo.

In still of the night

Hoy, dejo un par de perlitas musicales que han llegado a mí a lo largo de las últimas semanas. El primero de ellos fue un descubrimiento de Trisco, una canción desbordante de fuerza y buen gusto, creada por un dúo -Artful Dodger y Craig David- que llevaba dando resultados desde el lanzamiento del primer single de este último, Rewind, en el año 2000. La segunda pieza es de uno de los clásicos del house escandinavo, Markus Enochson, una pieza melódica que engancha tanto que es imposible que no se te queden algunas partes de la melodía vocal pegadas en la cabeza. Digamos que ambas son canciones que uno podría escuchar en la misma noche; la primera a la una de la mañana, la segunda a las cinco. Si tuviera que elegir una… a saber, aunque yo siempre he sido muy noctámbulo. Disfruten.

The Artful Dodger & Craig David – Woman trouble

Markus Enochson – Love is on the way

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Mi butaca: The Wrestler (Darren Aronofsky, 2008)

Desde los estrechos pasillos del backstage, los gritos de los aficionados son apenas un murmullo. Conforme se acerca a la cortina de entrada a la sala del ring, el murmullo se torna furioso griterío. Randy “The Ram” Robinson lo conoce muy bien. Ram Jam! Ram Jam! Se golpea los antebrazos con fuerza mientras observa a la afición con la cabeza alta y sonriente. Es toda la vida que desea, toda la vida que conoce.

Sin embargo, no todo es ovación y ánimo. Han pasado ya casi veinte años de su mítico combate con Ayatollah en el Madison Square Garden. Las portadas de periódico se han ido, como la satisfacción de escuchar su nombre cien veces cada noche en cualquier radio americana. Mantiene aún su propia figura de acción en el salpicadero de su furgoneta, donde suenan incansablemente Guns ‘n’ Roses. Los noventa fueron una mierda, piensa. En los noventa se hizo viejo, y pasó de pelear en el Madison a cuadriláteros de cuarta, como una vulgar tonadillera de pueblo. De dejarse la piel y la carne en el ring, a ensayar junto a sus contrincantes cada movimiento del combate. Y en los noventa también se fue Stephanie, su hija. A “The Ram” han dejado de dolerle las cosas de dentro del cuadrilátero, y han empezado a dolerle las de fuera.

Todo el descanso de este vulgar trozo de carne son algunos niños que, entre divertidos y compasivos, juegan con él por las mañanas cuando sale de dormir en su furgoneta o le acompañan en algunas partidas a “Ram Jam, el juego”. Para Super Nintendo. También Cassidy, una stripper del club al que suele ir habitualmente, y a la que quiere convertir en una mujer decente. Claro que tampoco sabe muy bien cómo. Randy sabe pelear, pero poco más. Tras inflarse a medicamentos para no dejar de pelear y sufrir un infarto a causa de ello, “El Carnero” tiene que buscarse la vida fuera del ring. Sin las hostias de dentro, las de fuera te las da la rutina, el aburrimiento y la miseria. Ésas sí que duelen. Incluso en los momentos buenos, cuando baila con Cassidy y la besa, o cuando se reúne con su hija después de tanto tiempo y bailan un vals en un salón vacío, sabe que nada de eso puede durar mucho. Ninguna cosa buena dura mucho. Siempre hay un montón de mierda que viene a ponerse encima de todo lo demás.

Y así es. Randy sabe poco más que pelear, y la vida diaria requiere de una serie de habilidades que no todo el mundo puede aprender y practicar. Por eso, tras regalarle al hijo de Cassidy su figura de acción, ella le abandona. Las mujeres siempre se van. Su hija también. A Randy se le ha olvidado que había quedado con su hija gracias a una golfa cocainómana que le entretiene follando. Ahora también se le ha ido su hija. Y todo lo que le queda es una vida asquerosa, entre su furgoneta y una caravana que no llega a pagar todos los meses, y un horrible trabajo en un Deli aguantando a viejas y gilipollas. Y para esto, qué coño, que le den por el culo al bypass y al corazón. Randy ha dejado su vida en el cuadrilátero para  buscar una nueva, mejor, con aquello que desea. Pero aquello que desea le huye y le rechaza. You can’t always get what you want, que dirían los Rolling. Así que tal vez sea de volver al ring, a hacer un Ram Jam de despedida sobre su contrincante mientras recibe el aplauso y el calor de su público, que no sabe nada de su miseria, y demos gracias.

***

Hay algunas referencias bíblicas en The Wrestler y una pequeña comparación entre la figura de Randy y la de Jesucristo.

Buena parte de la película gira alrededor de la idea del dolor como redención, aunque este dolor esté preparado de antemano y casi ensayado. Los combates están rodados con una precisión quirúrgica. En una ocasión Randy, “El Carnero” (o “El cordero”, si queremos que la traducción sirva a nuestros fines) habla con Cassidy sobre alguna de las heridas que ha ido acumulando en su cuerpo a lo largo de los años. Ella le dice: “Fue empujado por nuestras faltas y lacerado por nuestras injusticias. Nuestro castigo recayó sobre él”. “¿De dónde es eso?”, pregunta Randy. “La Pasión de Cristo. Tiene el pelo igual que tú. Deberías verla”, responde ella. Poco después volveremos a ver otra vez “desangrarse” al carnero, en una escena que mezcla la referencia bíblica con la crítica social velada hacia el mundo de la lucha profesional y la degradación social de la masa.

En el ring vuelve a haber una metáfora bíblica, que esta vez gira sobre el público. El mismo público que ovaciona a Randy al entrar, que le ha seguido durante años, y al que llaman ídolo –Dios-, es el mismo que luego jalea a sus ejecutores y hace un festín con su carne. Antes de la escena final, mientras trabaja en el Deli, un cliente parece reconocerle. Sin embargo, Randy niega serlo. Se niega a sí mismo. Tres veces. Y llora. Y vuelve a aparecer el tema del dolor como redención. Se corta un dedo como forma de autocastigo, y a la vez de liberación.

Pero sin embargo, la escena más cargada de connotaciones bíblicas –Aronofsky es judío- es la del combate final. En ella, vemos a un Randy Robinson completamente abandonado por todas aquellas personas que consideraba suyas, especialmente su hija Stephanie. La única que le acompaña, como sorpresa final, es una improvisada María Magdalena –Cassidy-, que llora porque sabe a lo que va a enfrentarse The Ram. Va a subir él la cruz para sacrificarse. Su contrincante, Ayatollah, repitiendo el mismo combate de 20 años atrás, hace de Simón Cirineo en este camino. Le ayuda a cargar la cruz; se deja ganar. Le anima, le dice que lo deje, que se vaya a casa. Pero Randy está decidido a entregarse, a ofrecerse como sacrificio al público. Y Randy sabe lo que quiere el público: un último Ram Jam. Se pone de pie sobre las cuerdas, pone los brazos en cruz y da un salto hacia no sabemos dónde. Pero quizá aquí no haya redención posible, ni del público, ni de Randy, ni del espectador, y en el fondo tal vez acabemos sintiendo esto como un acto egoísta. Especialmente por María Magdalena. Es imposible no enamorarse de Marisa Tomei. Ustedes me disculparán.

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¡Qué bueno eres, Deadmau5!

El niño fresh vuelve con música para todos los oídos, más o menos. Hoy, un tema de uno de esos genios de las remezclas y las producciones que ha venido pisando fuerte desde 2007 y cada día que pasa suena mejor. El señor de quien les hablo es Deadmau5, que se marca una remezcla grossa del tema You and I de Medina, convirtiendo lo que ya era un buen tema de electro en una auténtica joya del deep house. Deadmau5 se une así a ese grupo de productores que poquito a poco y a base de hacer tema bueno tras tema bueno se han ido haciendo un hueco en las maletas de muchos de los mejores DJs del mundo. Y, la verdad, se lo merece.

Próximamente, Delicatessen.

Medina – You and I (Deadmau5 remix)

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El sueño americano: de la ley seca al gangsta rap (I)

Aviso preliminar: en este artículo voy a hablar de la comunidad negra, de su evolución a lo largo de la historia reciente de los Estados Unidos, de la música rap, y en general de la idiosincrasia americana. Si eres antiyanki, tienes una bonita y gran X roja arriba a la derecha. Gracias.

Muchas veces a lo largo de mis años como oyente de música negra he tenido que oír bastantes opiniones de tasca de abuelos sobre esta música; que si música comercial, que si prefabricada, que si hecha para ganar dinero. Que si misoginia, que si vacilar, que si putas, que si dinero y que si coches y ropa. Es la misma gente a la que le encanta etiquetar cosas según su propio criterio. La misma que, según el grupo o solista le parezca de valor o no, calificará el estilo como “soul” o como “r&b”.

Pero, en el fondo, los que despotrican de la música rap actual y se lanzan enfervorecidos a los brazos del jazz de Bird o del blues de Lightnin’ Hopkins como si en ello les fuera la vida no han entendido nada. No sólo no han entendido nada en lo genuinamente musical, sino que tampoco han entendido cómo ha funcionado el siglo XX en relación a estos músicos en est sentido. Pero vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador, jaja, me parto.

Aunque la primera grabación de blues tal como la conocemos hoy data de 1912 -aunque si escarbamos podríamos encontrar los orígenes antes-, podríamos decir que empieza a surgir como género a partir de los años 20. El lugar ya lo conocen: New Orleans y alrededores, lo que algunos llaman el sur profundo y otros directamente la América profunda. Si ustedes me permiten decirlo, no era el mejor sitio para llevar una vida pacífica y sin complicaciones. En 1920, mientras crecía Robert Johnson, al country y al blues los llamaban race music, se promulgó una de las leyes que, en mi opinión, más ha marcado la idiosincrasia y el lifestyle americano desde entonces: la Ley Seca.

América es, o se autodenomina, como todos hemos oído y algunos usan como término despreciativo, “el país de las libertades”. Por eso, a mucha gente no le hizo gracia esta enmienda a la Constitución estadounidense. Todos los aficionados a la Historia de EEUU saben cuál fue la consecuencia –lógica, por otra parte- de esta ley. Un aumento exponencial del tráfico de booze, un incremento enorme del poder de las bandas mafiosas, y el surgimiento de figuras como la de Al Capone, aún hoy considerado una especie de héroe por mucha gente -¿Michael Cornelone someone?-.

El país entero se llenó de policías patrullando calles y de bares clandestinos ubicados incluso a la espalda de mercerías o tiendas de juguetes. Estos bares eran llamados speakeasy, y están muy bien retratados en muchas películas de cine negro de las décadas de los 40 y 50. Ésta fue la época del auge del blues, y del nacimiento del bop y del hard bop y del jazz de las big bands y el comienzo de la cultura del club –no confundir con la actual- con actuaciones de cabaret y cantantes que enseñaban carne por encima de la pantorrilla. Y ésta, seamos sinceros, fue la salida de la calle y del barro para muchos negros de la época: la música. Muchos incluso se hicieron ricos y famosos, aunque el prejuicio racial contra ellos tardaría mucho más en desaparecer. Aquí es donde se cae el primer mito de los jazzeros de pacotilla, cuando entienden que no es que el jazz fuera desde su nacimiento un género lleno de clase y glamour, sino que vestían a los negros con traje y corbata o pajarita para dar una imagen medio decente delante de la burguesía neoyorkina (o de donde fuese). Que se lo pregunten a Herbie Hancock, o a Miles Davis.  En la película Bird, de Clint Eastwood, o en Round about midnight, este fenómeno está muy bien retratado. Pero aun así, eso fue lo que les sacó de la calle. Y lo que les mantendría ganando dinero, y sobreviviendo, más bien que mal en la mayoría de los casos, desde los años 20, desde el derogamiento de la Ley Seca en 1933, hasta hoy –y mañana-. Con salvedades, por supuesto, pero con nombres que se nos echan encima con letras gigantes, como la Motown.

Como apunte, podemos ya notar que hay cosas que no han cambiado desde el nacimiento del blues, su posterior transformación en rythm’n’blues, luego hacia el rockabilly y todo el enorme número de géneros que surgieron de ahí, hasta el r&b y el rap que surgen en los 80 y que se extienden hasta nuestros días. Los temas que se tratan, por ejemplo. Y no sólo eso, sino también la forma de tratarlo. Cualquier persona despierta y con un nivel decente de inglés encontrará que entre Mojo Hand de Lightnin’ Hopkins y muchas de las canciones actuales de rap que ellos consideran misóginas y despreciables no hay mucha diferencia. También está la postura del hombre dominante en canciones como Leave my little girl alone (que por cierto, no deja de ser una canción enamorada hasta el fondo). Y también está el sentimiento de arraigo a la tierra: no en vano muchas de las primeras canciones de este género tienen nombres como “Memphis Blues”, o “Sweet Home Chicago“, por ejemplo, y de hecho el blues de algunas zonas es considerado casi como subgénero aparte. Como digo, esto se extenderá directamente hasta nuestros días, en un salto bastante curioso.

¿Y qué tiene que ver esto con el sueño americano? De hecho, ¿cuál es el sueño americano? Si algo nos demostró la ley seca es que, por una parte, a los americanos los recortes de libertades nunca les han sentado especialmente bien (cosa que se podría discutir actualmente por el apesebramiento social y el dominio de los medios de comunicación de masas, pero ése es otro tema). Y, por otra, también demuestra que a los americanos, como a la gente de cualquier parte, les gusta ganar dinero. Pero, a diferencia de los españoles, la mayoría de americanos quieren ser empresarios, no funcionarios. Y si ser empresario durante la ley seca era traficar con whisky o destilar ginebra en la bañera de un piso en ruinas alquilado a las afueras de Georgia, so be it. Y también demuestra que, ya desde comienzos del Siglo XX, la vía de escape de los suburbios y de la pobreza hacia una vida mejor -¿acaso no es ése el sueño americano?- de una parte de la comunidad negra estuvo relacionada de una forma u otra con este fenómeno y, sobre todo, con la música. Como veremos, este mismo patrón se repetirá de una forma u otra cuando nos acerquemos a fechas más actuales. Pero eso será la semana que viene.

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