Siguen sin pagarme…

Incluso parecía un buen tipo.

La cosa está negra

Y como muestra, un botón:

Graduados en Igualdad

Para ello y aprovechando el nuevo modelo universitario derivado de la adaptación a las exigencias del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), ha solicitado para su verificación por la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (Aneca) un título de Grado en Igualdad. Su duración, como la de todos los grados, será de cuatro años y tendrá un «marcado corte jurídico», según explicó a ABC un portavoz de la URJC. «La titulación se ha diseñado a iniciativa de un Instituto de Derecho Público de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales y pueden encontrar un parangón en los estudios de riesgos laborales», dice la mencionada fuente.
La propuesta de la URJC «no es feminista» ni está impregnada de la filosofía de género que alienta numerosas acciones del Gobierno. «Se construye al amparo de la política de la Comunidad de Madrid acerca del papel de la mujer en la sociedad, como se ha puesto de manifiesto en las jornadas celebradas en el campus y en las que han participado representantes del Gobierno regional».
Entre las asignaturas que integran el plan de estudios de la nueva titulación destacan Políticas Públicas de Igualdad, Introducción a la Empresa, Igualdad y Dependencia, Políticas Tributarias, Derecho Comparado, Derecho y Empleo, Relaciones Laborales y otras en las que se tratan aspectos sanitarios.

Y todo esto mientras se ventilan alegremente las Humanidades, la Filosofía o la Historia. Ole con ole. Y olá.

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Mitos sobre los malos poetas

Mito 1: no hay malos poetas.

Mentira cochina, oiga. Que por tradición y porque cada vez somos menos se valore el oficio poético no significa que no haya malos poetas. Es un oficio como otro cualquiera, y como tal, habrá unos que lo hagan mejor y otros peor. También quedan pocos alfareros y eso no significa que no haya alfareros malos. Poetas malos los pueden encontrar a patadas; de hecho, hay muchos más malos poetas que buenos. Uno se murió hace unos pocos días; a otros los podrán ver anualmente recogiendo premios y escribiendo artículos en diarios de tirada nacional.

 

Mito 2: es que se está expresando y…

Ni “y” ni ostia, señora.  Para expresarse hace uno muchas cosas: le pega palos a lo que sea, le da dos vueltas al parque por las tardes -en verano, ya casi anocheciendo, que si no cualquiera aguanta-, o escribe un diario o una serie de cartas a nadie que guarda en un cajón y tal vez den algún día para escribir un buen relato. La poesía nace de la necesidad de comunicación, no sólo de la mera expresión, que al cabo puede no ser más que un desesperado grito en el desierto que nadie oye. Tampoco conviene olvidar que, como dijo el amigo Borges, que de esto y de pelar pajaritos sabía un rato, cómo se dice es parte de lo que se dice. Si eres poeta y nadie te entiende, tienes un problema. No es algo de lo que estar orgulloso. Si además lo que quieres es que no te entiendan, eres gilipollas.

 

Mito 3: es que leyendo a uno malo puede llegar a uno bueno…

Y puede que mañana el Sol salga por Reykjavik, que diría Hume. En mi pueblo, el que tiene 30 años y lee el ABC todos los días se muere leyendo el ABC. No sé si me entienden. Un lector de literatura de cordel no se va a convertir de repente en un analista del Dante. No sé de dónde se sacan ustedes el influjo mágico a la hora de hacer un camino invisible y de plata desde Dan Brown a San Juan de la Cruz. Deduzco que por el medio haya algún libro realmente bueno. Deduzco también que quizá podríamos haber empezado por ése y no haber perdido el tiempo de leer a Dan Brown. No es necesario comer mierda para comprobar que la langosta está más buena. Quizá merezca la pena comparar a la langosta con la ternera, o incluso quizá con un buen filete de pollo (ah, la literatura de género). Pero no hay por qué comer mierda para poder sentenciarlo y quedarse tan a gusto.

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La elegía y los poetas malditos

En los últimos meses de esta vida mía de deprimido converso he tenido tiempo de poder reflexionar acerca de algunas de las cuestiones superficiales sobre la felicidad y la vida. Mi visión, sincera aunque tal vez voluble, sobre este asunto, quizá pudiera explicarse mejor acudiendo a uno de los géneros capitales de la poesía: el elegíaco.

La elegía ha sido siempre la manera de quejarse en la poesía. Aunque en tiempos de los poetas griegos también se usaba para hablar de asuntos placenteros, la visión tradicional de la elegía consiste en ser una enorme coda de la expresión “ubi sunt“, que se pregunta día sí día también dónde quedaron todas aquellas cosas que merecían la pena y que eran queridas. Elegía por un ser querido, por un personaje público, por un trozo de tierra, o por el perro de mi vecina, que venía en ocasiones a visitarme y me dejaba la casa llena de pelo.

Podríamos considerar, por lo tanto, a la elegía como un género “triste“, por decirlo de manera bastante vulgar. Sin embargo, desde la generación de los 50 en adelante, en la poesía española han venido apareciendo autores  que han querido, de alguna manera, darle la vuelta al género. Por decirlo en palabras de uno de sus mayores artífices, Carmelo Guillén Acosta, la elegía deja de ser una forma de cantar lo que se ha perdido para convertirse en una forma de “cantar lo que se gana“. Y ésta debería ser no solamente la finalidad de la elegía, sino de toda la poesía. O al menos, de la buena. Otros autores que han seguido este movimiento, que quizá iniciara Claudio Rodríguez con su verso “miserable el momento si no es canto“, han sido Eloy Sánchez Rosillo, José Julio Cabanillas, y muchos del grupo Númenor.

Y después de la breve nota poética, a la reflexión útil. En mi experiencia personal, quizá pudiera hacer una analogía entre mi adolescencia, y el paso a esta primera juventud que malvivo, y el desarrollo de la elegía desde la tristeza hacia la celebración. No me costaría mucho definir mi adolescencia como la vivencia de una elegía, aunque, eso sí, sería una elegía con trampa: durante esos años lloré -metafóricamente la mayoría del tiempo- la pérdida de cosas que en realidad nunca había tenido, con lo cual fue más una especie de expresión de un ansia que suponía que jamás se vería satisfecha. Me sentí entonces iluminado y superior -gilipollas de mí- por tener una súbita revelación y darme cuenta del gran montón de mierda que era el mundo en el que vivía.

Pero la vida sigue su curso, por más embarrado que creas que está el camino. Y tal vez cueste dejar de fijarse en el barro para conseguir ver el camino -imagínense la de siglos que le ha costado a la poesía-, pero es necesario y en ocasiones inevitable. Tal y como la elegía quiso dejar de regodearse en el montón de mierda para empezar a valorar y a disfrutar lo poquito de bueno que se encontrara, me ocurrió a mí algo parecido casi sin darme cuenta. Con una especie de sonrisa sardónica, empieza uno a considerar la vida como una suerte de gymkana en la que hay que esquivar lo mejor posible los montones de mierda si quieres llegar a alguna parte.

Así pues, considero de valor intelectual el haber aprendido esto casi sin darme cuenta. Y por eso me cansa tanto la pose del poeta maldito, amigo sólo de la botella y la pastilla, que afirma y reafirma el apocalipsis de todo y la extraña revelación que sufre porque ha podido darse cuenta de lo malo que es todo y el terrible estado en el que esto o aquello se encuentra. Tal vez no merezcan más que otra sonrisita sardónica, una palmadita en la espalda y un “anda, hijo, ya te enterarás”. Mientras tanto, sirva de alimento la elegía.

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Las cosas de la poesía

La razón por la que escribo tardíamente mi columna de esta semana es un fin de semana movido, entre rodaje de cortometraje -qué mal suena esto- y una escapada turístico-poética a Roquetas de Mar (Almería) a hacer aquella cosa de recitar poemas. He aprovechado también para hacer un reportaje roadmovie-style para una cosa que tal vez vean por aquí y tal vez no, pero bueno; nótese que hablo solo (máomeno) ya que hacerse un chorro de kilómetros (700 y algo aproximadamente) en dos días da para pensar cosas y hablar con uno mismo (y con la buena compañía). Mi artículo de esta semana, más que un artículo, va a ser una reflexión anotada mentalmente que dejo aquí para revisarla y ampliarla tal vez en otro momento. A lo que iba.

Como quedaban 10 o 15 minutos al final del recital, han subido unas cuantas personas -bueno, más que personas, adolescentes- a leer poemas suyos y así yo aprovechaba para descansar y mirar a las niñas de 16 años que digan lo que digan hay algunas a las que es imposible no mirar. Pero bueno, me distraigo. El caso es que hubo dos cosas que me parecieron curiosas. Hay cosas que se repiten mucho y son muy claras en los poemas, o intentos de, escritos por adolescentes. Las dos primeras, y menos importantes, son de carácter de estilo: la mayoría se suelen decidir por usar rima y versos cortos; tengo la intuición de que esto tiene algo que ver con la concepción básica de la cosa poética como una cosa popular y destinada a la canción y el recitado público, etc., pero no me voy a meter por ahí.

Lo que me interesó de verdad, que jamás antes había visto, seguramente porque nunca voy a un recital en el que lean del tirón como 20 adolescentes poemas suyos unos detrás de otros, tiene más que ver con la temática. Muchos de esos poemas -sobre todo los de las chicas- volvían instistentemente al tema de la monotonía, la inexplicable inercia -esto lo añado yo- y la falta de sentido -esto ellas- de sus vidas, y tanto ellas como ellos se inclinaban por una especie de huida hacia la épica de cosas como las novelas de caballerías, las de piratas, etc. Lo que me resultó más curioso, en todo caso, es que en el 90% de poemas leídos por chicos incluían la figura de la mujer de una u otra manera (salvando casos como uno genial de un tipo que le había escrito un poema a Chuck Norris, episodio que no mencionaré aquí). El caballero andante necesitaba la lanza para salvar a la doncella, el filibustero pretendía desnudar a la chica más guapa a este lado del Atlántico a golpe de loro disecado, etc: ustedes ya me entienden. Sin embargo, en ningún poema de ninguna mujer existía el fenómeno contrario: es como si ellas simplemente elevaran un grito desesperado de auxilio esperando a que el caballero las rescatase. Claro que el caballero eleva un grito de “iría a rescatarte” donde la palabra más importante es “iría”.

Al final se bajaron todos del escenario y a los 3 minutos estaban mandándose todos a comerse los coños y las pollas, en fin, estas cosas que tiene la poesía.

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Ángela (I)

(Éste es el prólogo o primer episodio de un relato largo que estoy escribiendo durante estos días. Los sucesivos irán publicándose, con periodicidad providencial, en este mismo blog)

Querido Pablo:

Recuerdo aún con cariño el interés que mostraste en el caso aquél de la niña desaparecida. Supongo que se mantiene en tu memoria igual que en la mía, ya que fuiste mi compañero de conversación y soliloquio mientras traté de dilucidar acerca de qué iba todo aquello. Supongo que tu interés fuera más allá de lo policial o lo meramente humano, y es comprensible; tu alma de escritor a menudo se alimenta de cosas que me cuesta comprender. En mi caso, siempre hubo algo en todo aquello algo que me hizo pensar en lo razonable del asunto, aunque para nosotros no tenía ni pies ni cabeza.

De todas formas, más allá de la especulación intelectual –terreno en el que te supongo más ducho a ti-, te escribo esta carta para informarte de que el caso ha sido finalmente archivado. El delito prescribió, y parece realmente improbable que vuelva a abrirse el caso por la falta de pruebas. Animado por tu interés pasado y convencido de que tal vez te sean más útiles a ti de lo que lo son para mí, adjunto a este escrito algunos extractos de cartas y de diarios del hombre al que buscábamos, Antonio Escobar. Con un poco de suerte, tal vez tú encuentres en ellos algo que nosotros hayamos pasado por alto. En cierto modo, también me alegro de desprenderme de ellos ahora: demasiadas noches en vela he pasado a causa de estos escritos, con una inquieta Patricia a mi lado tratando de que durmiera un poco. Durante demasiado tiempo he tenido, releyendo estos escritos, la sensación de encontrarme ante un puzzle incompleto en una mano y la pieza que falta en la otra; y también la sensación de no saber cómo ni dónde colocar esa pieza.

En todo caso, tú no eres investigador en el sentido policial de la palabra, así que tal vez encontrarás cierto placer en explorar los recovecos humanos de Escobar, al que sin duda he llegado a reconocer en ocasiones como un personaje de algunas de tus novelas. Recuerda, eso sí, que oficialmente no tengo potestad para enviarte esta documentación; confío en tu discreción al respecto, ya que nunca he tenido motivo para hacer lo contrario. Disfruta de la lectura.

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La moralidad del fútbol

Van alejándose los días de pasar los recreos y las horas muertas en los campos de albero de Altair, jugando al fútbol. Para nosotros, aquello era un poco como Oliver y Benji: ya entonces teníamos nuestros Olivers particulares (jugaban en el Sevilla alevín y todos suponíamos que antes de hacer la Confirmación dejarían embarazada a su tercera novia) e incluso nuestro Benji Price (el Adri, que al final ha llegado a tercer portero del Betis, lo cual no dice mucho en su favor). Malo no teníamos, aunque sí que éramos muchos tela de malos.

Recuerdo el vocabulario propio de aquellos partidos, que nunca he vuelto a escuchar después. “Salimo, equipo”: siempre precedía a un enorme balonazo Dios sabía hacia dónde. Un bombío de los buenos cubría la mitad del campo. Había figuras odiadas en el campo, siempre. Curiosamente, a diferencia de hoy, no suele ser el goleador ni el defensa guarro del otro equipo. Tenían nombre propio: chupones. Solían ser los del Sevilla alevín o los kies del barrio, que se paseaban solos por el campo mareando la pelota sin hacer absolutamente nada. Lógicamente, al cuarto de hora de partido nadie les pasaba la pelota.

El chupaposte también era otro clásico de los partidos de fútbol del colegio. Era un ser despreciable –no sabría describirlo de otra manera- cuya única habilidad era la de quedarse pegado a la portería contraria esperando a que alguien se la echara o, en su defecto, a que algún balón rebotado le llegara de casualidad. En ese momento le metía una patada a la pelota, normalmente marcaba gol –era divertido ver a niños de metro cuarenta cubriendo porterías de tamaño profesional-, y lo celebraba como si fuera Maradona en aquel partido contra Inglaterra. Algunos incluso llegaban a cantarse a sí mismos aquello de “qué bo-ni-to, qué bo-ni-to…” (Alfonso Pérez Muñoz y sus flamantes botas –de tacos- blancas todavía era una celebridad por aquella época).

Pero, como digo, eran odiados. Al final nos conocíamos todos –doce años de convivencia en el colegio dan para mucho- y, cuando se caldeaba el ambiente, todos sabíamos a quién no pasársela. Si al chupaposte se le ocurría pedir tímidamente el balón le recibía una jauría de gritos de “¡baja, quillo! ¡baja!”. No se la echaban simplemente porque no quería jugar con el equipo, sólo esperaba los balones para marcar y se olvidaba de lo demás. La prensa deportiva llama a ese tipo de jugadores “eficaces” y piden para ellos “selección” semana tras semana en sus portadas. Ahora lo recuerdo y todo lo que se me ocurre decir es: “qué curioso, jugábamos sin fueras de juego y no nos dábamos ni cuenta”. Como ya intuyó John Milton, parece que hemos perdido demasiado por el camino.

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