Siguen sin pagarme…

Incluso parecía un buen tipo.

Mi butaca: Larceny Inc. (Lloyd Bacon, 1942)

Larceny Inc. es una rara comedia, estrenada en 1942 y dirigida por Lloyd Bacon, uno de los directores más regulares de la época (quizá les suene su Calle 42, con una espléndida Ginger Rogers). La película cuenta la historia de un grupo de ladrones que, tras salir de la cárcel, intentan abrir un negocio lucrativo y legal. Al ver que el banco no les concede el crédito que necesitan para empezar a trabajar –fíjense qué actual, y es de 1942-, deciden atracar un banco silenciosamente. Para ello, comprar una tienda de venta de maletas cercana al banco y se proponen cavar un túnel desde el sótano de su nueva tienda hasta el banco. Mientras tanto, Dennys, la hija de nuestro protagonista, Charles Maxwell, trata por todos los medios posibles de impedir que esto pase.

La película es un derroche de inteligencia y humor. No sólo por las situaciones cómicas per se, que de todas formas son abundantes y estupendas, sino por la fina sátira que recorre todo el hilo argumental del film (en un momento de la película, el protagonista afirma a voz en grito que “los préstamos bancarios son el alma del país”). A pesar de ser, en cierta forma, una comedia de enredo, Larceny Inc. es mucho más que eso. Su trastabillado final, que roza el drama durante algunos momentos, tampoco tiene desperdicio. En todo caso, como corresponde a una película de estas características, tiene uno de esos finales felices “que sólo el celuloide puede dar”, como decía el protagonista de V de Vendetta.

Las interpretaciones son redondas y ágiles, y disfrutarán con el diálogo todos aquellos que, como yo, sonreímos inevitablemente escuchando las conversaciones, aceleradas y directas al grano, de grandes películas como Luna Nueva. La fotografía, en un preciosista blanco y negro, tampoco desmerece. En cuanto a las interpretaciones, destacan Edward G. Robinson en el papel principal, con esa cara de circunstancias que sólo unos pocos como él pueden entregar, y Anthony Quinn, en una breve aparición como el malo de la película.

Esta película sirvió de inspiración para Granujas de medio pelo, el conocido film de Woody Allen. En todo caso, si ustedes tienen a su disposición un buen programa p2p, y seguro que lo tienen, ni se molesten en ver a Allen y vayan directamente a conseguirse esta joya. No se arrepentirán.

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Mi biblioteca

Cuando me mudé, como es costumbre en la gente desordenada, decidí hacer inventario y selección de mi colección de libros, aprovechando el momento. Seguramente no me di cuenta entonces, pero con la selección hice una especie de línea cronológica y de crecimiento personal que hoy se planta claramente delante de mis ojos.

Hay muchos libros de antes de que yo naciera. No puedo decir que sean heredados de mis viejos, porque no lo son: por hacer honor a la verdad, diría que son robados. Los Miserables, de Víctor Hugo, en una edición bastante curiosa en dos tomos a la que tengo mucho aprecio; A sangre fría, de Truman Capote; una novela titulada La vida privada de la Mona Lisa, cuyo título me atrajo en tiempos, pero que nunca llegué a leer. Y la novela en que se basó Tiburón, que empecé a leer varias veces pero siempre me aburrió.

Los libros de mi niñez seguramente los recuerden casi todos: los cómics de Astérix y de Tintín, numerosos ejemplares de la colección El barco de vapor (La bruja Mon, obra maestra), Fray Perico y su borrico –y sus innumerables secuelas-, La tierra del oro ardiente, y mis primeras novelas de detectives, protagonizadas por un policía llamado Antonino y su ayudante, que sólo respondía al escueto apodo de Bolín. Magníficas ilustraciones en todos ellos, y letra grande, como corresponde.

Con la adolescencia llegó el momento de comprar la primera enciclopedia para la casa: una colección enorme de tomos muy bien encuadernados, que costaron un pastón y que mentiría si dijera que fueron consultados más de dos o tres veces desde que se compraron; bien es cierto, de todas formas, que me proporcionaron buenos ratos en veranos aburridos en los que leía artículos al azar. Con la enciclopedia regalaban una colección de “clásicos de la literatura hispánica”. Ya se imaginan: La regenta, La Celestina, El Conde Lucanor, y unos cuantos libros de poetas desde Lope hasta Machado. Por decir la verdad de nuevo (hay que mantener las malas costumbres), creo que nunca terminé ninguno de ellos. La encuadernación era espantosa y el diseño no invitaba a leer. Supongo que con trece años ya era un sibarita literario.

También empezó, con mi adolescencia, mi etapa de niño raro. Recuerdo con cierto cariño el momento en que empecé a comprar libros por internet porque no los encontraba por Sevilla. Con cariño guardo aún tomos de mi época de lector de manga, a pesar de estar seguro de que nunca los volveré a leer: Gantz, Paradise Kiss, Angelic Layer, y la colección completa de Akira: seis tomos a dos mil quinientas pelas cada uno, que por entonces era una verdadera barbaridad para la economía de un treceañero. Esto no se lo digan a nadie: todavía anda por aquí el “manual de instrucciones” del juego de rol de El Señor de los Anillos. Nunca conseguí jugar una partida en condiciones. Qué largo y pesado de leer que era…

Cuando no leía rarezas como las mencionadas, leía cualquier otra cosa que me pusieran delante. Reconozco que no tenía mucho espíritu crítico por entonces. Me interesé por la Ciencia Ficción, y como testimonio aún guardo Slan, de A. E. Van Vogt. Me interesé por la novela de aventuras, y por aquí andan Kipling y Stevenson. También es el tiempo en el que hice mis “colecciones”: tres diferentes de El Señor de los Anillos, en diferentes ediciones, y Harry Potter, y la estupenda saga de Lyra Lenguadeplata, La materia oscura de Philip Pullman. Creo que por entonces también fue cuando pude empezar a considerar “malas” algunas novelas: la primera fue El ídolo perdido, de Douglas Preston y Lincoln Child, comprada por cuatro perras en una feria del libro. No malgasten el dinero con ella.

Cuando terminé de leer por segunda vez El Señor de los Anillos, sentí que difícilmente volvería a leer alguna novela tan buena. Así que, durante un tiempo, dejé de leer. Seguía comprando libros, y los ojeaba, pero rara vez con la pasión con la que lo hacía antes. Coincidió con el tiempo en que empecé a tomarme en serio la poesía, y empecé a comprar clásicos de poesía y antologías, con la esperanza de que me sirvieran de algo. Incluso llegué a comprarme traducciones de Catulo, y de Cavafis. Un secreto: tampoco los terminé de leer nunca.

En cuanto a la novela, quizá por haber desarrollado un poco el gusto crítico, empecé a leer menos, pero también mejor, y las alegrías que me dieron algunos libros las recuerdo todavía con mucho cariño: Farenheit 451, Crónicas Marcianas, El vino del estío, todas de Bradbury; El cero y el infinito, de Arthur Koestler. Todo esto aliñado con algunos libros que ni siquiera sé muy bien cómo llegaron a mi estantería aún: biografías de Stalin y de las Spice Girls, libros de J. J. Benítez y Jiménez del Oso, y conspiranoia varia sobre el Proyecto Manhattan y Einstein.

Finalmente me volví como soy ahora: selectivo y despilfarrador. Las últimas estanterías de mi habitación están llenas de buenos libros de poesía y novelas estupendas, y en los últimos dos años he desarrollado el gusto por los buenos libros de ensayo. Chesterton y Jünger, por ejemplo. También han entrado en mi colección, casi por casualidad, algunos libros de teología, y otros relacionados con cosas más actuales como los medios de comunicación y la publicidad. Y como remanente, aún sigo comprando de vez en cuando buenas novelas gráficas. Disfruté como un enano con V de Vendetta, con Una historia de Violencia y con mi pequeño secreto, que sigo guardando por si alguna vez soy capaz de dirigir una película. Ya ni siquiera sé dónde voy a ir metiendo los libros nuevos que compro.

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Mujeres y carreteras

Se preguntó por el sentido de todo aquello. Hacía tiempo que no la quería, de eso estaba seguro. Lo había descubierto un día en el que, como de costumbre, había decidido imaginarla follando con otro. Notó que no le cabreaba, que ni siquiera le daba morbo. Había torcido la boca en un gesto de asco y había vuelto a sus cosas. Y sin embargo allí estaba, sonriéndole a ella con su sonrisa de siempre, con su sonrisa de aguantar toda la ristra de gilipolleces que se le venía encima.

Ya no estaba seguro de si ella era así realmente o sólo se lo hacía. En su opinión, era físicamente imposible que una persona no se diera cuenta de las consecuencias de sus acciones. Sus tetas gritaban que ya era una mujer adulta. Su cerebro parecía mudo. En todo caso, nuestro hombre se puso enseguida a pensar en lo que sin duda ella hacía mejor: follar. Él sabía que era el único motivo para todo aquello. Ya había pasado mucho tiempo, dentro y fuera de su cabeza, desde la última vez. Allí la tenía. Ella y sus proposiciones veladas de siempre. Si le prestaba atención podía llegar a ser realmente irritante, pero igualmente tenía la sensación de poder pasarse horas y horas alrededor de sus caderas, de sus piernas, de sus hombros.

De todas formas, no la quería. El sexo de ella seguía siendo como las trompetas de Jericó para él, pero no la quería. Llevaba mucho tiempo repitiéndose que sólo quería que le dejaran vivir en paz. Que quería notar su vida llevada por la inercia de las responsabilidades y los problemas, como siempre había sido, pero sin grandes sobresaltos. Cada gesto de ella era un sobresalto. Volvió a pensar en que, igualmente, no le vendrían mal un par de polvos. Uno se da cuenta de que conoce a una mujer de la misma forma en que se da cuenta de que conoce una carretera: cuando podría trazar de memoria cada una de sus curvas sin un fallo. Supuso que quizá hubiera alguna curva que no hubiera cubierto de forma suficiente, o quizá alguna nueva que no conocía. Valía la pena intentarlo.

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Mi butaca: Notorious (2009)

Notorious es una de esas películas que uno termina de ver con la sensación de que podría haber sido mucho más de lo que es. La película narra (o intenta narrar) la, por otra parte, corta vida del rapero Notorious B.I.G., uno de los grandes referentes de la historia del rap y el hombre que sacó adelante la escena en la Costa Este junto a Puff Daddy. A pesar de ello y, como es lógico, la mayor parte del hilo argumental de la película gira en torno a su meteórica carrera discográfica y a la contienda que se desató a mediados de los 90 entre la Costa Oeste (Tupac, Dre, Snoop Dogg) y la Este (Puff Daddy, Notorious, Lil’ Kim, Lil’ Cease).

Sin embargo, por alguna extraña razón, el director de la cinta, George Tillman Jr., que ya nos dejó otras cintas pasables pero irregulares, como Hombres de Honor, siente la extraña necesidad de anclar las raíces del rap de Notorious y sus motivaciones en su infancia de niño gordo y atormentado y de madre religiosa, ustedes ya pillan por dónde voy. Para colmo, el hombre decide que su cinta no debe durar mucho –al menos en eso acertó- y termina contando toda la infancia y adolescencia del protagonista en 15 o 20 minutos a base de planos cortos, diálogos más típicos que la mar y flashbacks-flashforwards. Todo un circo de maniqueísmo y cursilería, si pillan por dónde voy.

Una vez que el pobre director se ha deshecho de eso la película remonta, ciertamente. Aquí la opinión de uno empieza a cambiar, porque a pesar de los tópicos y el cursileo –sí, se puede ser cursi contando la historia de un nene que vende crack y se mete a superestrella del rap- la película tiene sus momentos de contar bien una historia, a lo que contribuye de forma decisiva la estupenda labor de James Woolard en el papel de Biggie Smalls, lo mejor de la película sin duda alguna. Tiene momentos en los que uno parece estar viendo secuencias de Malas Calles: es el peor Scorsese, sí (bueno, o por ahí), pero al menos es Scorsese.

Finalmente la cosa acaba complicándose mucho y la película se va yendo al traste en el último tramo también cuando todo se convierte en un lagrimeo y un dodecaedro amoroso que no hay quien entienda bien a menos que conozca la historia real del rapero. En fin, que al final uno acaba con la sensación de haber vuelto a ver 8 millas, con sus más, sus menos, pero en la misma línea. Eso sí, Notorious cuenta, sin duda, con mejor actor principal, y también con mejor banda sonora –completamente recomendable para los amantes del género-.

La película se estrenó el 16 de enero de 2009 en Estados Unidos y se prevé su estreno en España para algún momento de este mes de mayo.

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Más de Henry James

-¿Es engañoso que le encuentre viviendo con toda apariencia de felicidad doméstica, con la bendición de una mujer afectuosa y llena de cualidades, con hijos a quienes no he tenido todavía el placer de conocer, pero que deben de ser unos jóvenes deliciosos, por lo que sé de sus padres?

-Todo eso es excelente, mi querido amigo; no permita Dios que lo niegue. He hecho mucho dinero; mi mujer ha sabido cuidar de él, usarlo sin desperdiciarlo, ahorrar una buena cantidad, hacerlo fructificar. Tengo mis reservas; lo tengo todo, en efecto, excepto la gran cosa…

-¿La gran cosa?

-La sensación de haber hecho lo mejor que podía; la sensación, que es la verdadera vida del artista, y cuya ausencia es muerte, de haber sacado de su instrumento intelectual la mejor música que la naturaleza había escondido en él, o de haberlo tocado como se debía tocar. El artista lo hace o no lo hace, y si no lo hace, no es digno de que se hable de él.Y precisamente los que entienden de veras no hablan de él. Quizá él siga oyendo una gran algarabía, pero lo que más oye es el incorruptible silencio de la fama.

(De La lección del maestro)

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Henry James: la exaltación de la nadería

Henry JamesLa primera vez que me crucé con la obra de Henry James andaría yo por mi más tierna adolescencia, en aquella época que todos los niños introvertidos hemos pasado de devorar cada página que se nos pusiera por delante. Recuerdo que fue con Otra vuelta de tuerca, una de sus novelas más conocidas, y que tampoco me emocionó especialmente; a pesar de no resultarme, ni mucho menos, un mal libro. Por aquella época andaba yo entonces -tonto de mí- enganchado al jerbi méntal. Mientras me duró la tontería, mis lecturas de relato favoritas eran del estilo de Poe y Lovecraft: ustedes ya me entienden. Luego, cuando se me pasó la tontería, me cambié -con tino por mi parte, todo hay que decirlo- a Chéjov, Carver y Auster (nota mental: hacer un artículo sobre Smoke).

Así que a Henry James no había vuelto a tocarle hasta hace poco, como le dijo Josefina a Napoleón en su noche de bodas. Sin embargo, leyendo ahora uno de los muchos volúmenes de colecciones de sus relatos que hay publicados, he podido darme cuenta de lo que me había estado perdiendo. Habérselo perdido no es del todo malo en literatura: satisface el hecho de disfrutar paladeando cada una de las páginas de una obra mientras piensas: más vale tarde que nunca. Decía, pues, que el haber redescubierto a Henry James le ha dado un regusto nuevo al concepto de relato que tenía en mi cabeza de haber leído a autores como los antes comentados.

Short Cuts Raymond Carver Vidas CruzadasMientras que en muchas obras de Carver y Auster llegaríamos a ver hasta cierta coralidad -pienso, por ejemplo, en Short Cuts y Brooklyn Follies, respectivamente-, rara vez encontraremos esto en una obra de James, centrada usualmente en uno o dos personajes, con algunos accesorios que entran y salen a discreción del autor. La intención -admirable- de estos autores es, o suele serlo, mostrar en sus relatos lo que yo llamo pedazos de vida. Como el buen cine, los relatos de estos escritores están basados en los hechos, y de ellos brota solo el significado de la historia. Sin embargo, esto en Henry James es algo más complejo, especialmente en los relatos en los que reflexiona sobre las clases burguesas y adineradas en el Viejo Mundo (Inglaterra) y el Nuevo (Estados Unidos). Los relatos El sitio de Londres -o El cerco de Londres, según traducción- y En la jaula son buenos ejemplos de ello (especialmente el primero). Es realmente sorprendente la capacidad de James para mantenerte pegado al relato durante más de 100 páginas con una premisa tan sencilla como ésta: una hermosa chica, de vida disoluta en Estados Unidos, marcha para Europa a la búsqueda de empezar de nuevo e introducirse en la aristocracia inglesa. Y ni siquiera se sale casi en ningún momento del hilo narrativo. Y ahí te tiene, enganchado. En la jaula, por ejemplo, es el relato de una trabajadora de correos que espía los telegramas de los aristócratas y mantiene una secreta relación con ellos -dentro de su cabeza, claro-.

La visión de Henry James, a diferencia de los otros autores mencionados, hace que emane el significado no del mirar hacia afuera sino del mirar hacia adentro. Su paseo -a veces demasiado distendido, todo sea dicho- por los últimos rinconcitos de las cabezas de sus personajes, que repite incluso varias veces en el mismo relato para explicitar los cambios, es como la foto que toma Auggie Wren cada día de la misma esquina de Nueva York. Nota mental: escribir un artículo sobre Smoke.

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The roots of Led Zeppelin

Yo mismo me sorprendo de que a veces el twitter sirva para algo. Pero sirve. Como casi cualquier plataforma, servirá sólo si hay gente buena dentro de ella. Twitter no es precisamente el paraíso de la inteligencia, pero a veces uno se lleva sorpresas. La de esta semana tiene nombre -o nick- propio: iubum. Gracias a él, en una de estas madrugadas de hastío y gintonic, descubrí un disco de ésos que gusta de paladearse de vez en cuando: The Roots of Led Zeppelin. Sin dejarse engañar -excesivamente- por el título, lo que nos encontraremos en él serán temas de blues sureño del añejo: Lightnin’ Hopkins, Little Richard, Buddy Guy, Junior Wells… Este disco ha ido directamente a mi coche, así que ahora puedo decir sin miedo aquello de every day I got the blues (in my car). El enlace que les dejo es de Spotify, así que si no tienen el programa ya lo están bajando, y si quieren una invitación déjenlo en los comentarios, que tengo 10 libres.

 

The Roots of Led Zeppelin (Spotify)

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El Apartamento y las mujeres

Ya ni cuento las veces que veo El Apartamento. Sí, me río como un niño -como todo ser humano debería reír siempre- con los encuentros y los desencuentros y los enredos que, más que a los Álvarez Quintero, Wilder le debe a Lubitsch. Sonrío y caigo una y otra vez, más triste que alegremente, en la rodilla de Jack Lemmon y en su forma de escurrir los spaghetti. Pero llega cierto momento, tal vez tras el séptimo u octavo visionado, en que uno deja de ver en El Apartamento a personajes, y empieza a ver a personas. Ya no hay aciertos en el guión, ni una historia sencilla y redonda capaz de llenar el corazón de cualquiera. Ya no hay actuaciones, ni esas panorámicas que sólo el Panavision podía dar. De repente ves cómo, por arte de magia, vuelves a encontrarte con Mr. Baxter, y con Fran, y con Sheldrake y el doctor Dreyfuss.

En este momento, y ustedes me disculparán si contradigo a la unánime crítica y a los cientos de publicaciones que califican El Apartamento de gran comedia, la película deja de ser divertida y alegre y enternecedora y, a su extraña manera, se vuelve agria y dolorosa. Siempre hemos llamado al cine, o tal vez desde los años veinte, la gran fábrica de sueños. El problema es que, al despertar, uno siempre recuerda los sueños con el cierto regusto amargo de saber que son absurdos e irreales, a pesar de que a veces sean divertidos. En el momento en el que desaparecen Jack Lemmon y Shirley Maclaine e irrumpen en escena Baxter y Fran, la cosa deja de ser divertida.

Al acabar de ver El Apartamento, prefiero mirarla como un sueño delicioso, como un reposado huracán capaz de dejar tu alma patas arriba. Como el fruto maduro que se descuelga del árbol de un sueño que jamás será real. Cualquiera que sepa un poco de la vida y de las mujeres como Miss Kubelik, sabe que tiene razón cuando dice que en esta vida hay quien toma y quien “es tomado” (those who take and those who get took; perdón por la terrible y apresurada traducción que no corrijo en aras de escribir este artículo tal y como está de forma desordenada en mi cabeza en estos momentos). Pero también debe uno ser consciente de que los cinco minutos finales de El Apartamento, el precioso momento en el que por fin la naranja cae, redonda y completa, sobre el mundo y dice “aquí estoy”, no son más que una deliciosa quimera que ningún ser humano razonable debería tomar en serio.

En un momento de la película, Miss Kubelik le pregunta a Mr. Baxter por qué ella no es capaz de enamorarse de hombres buenos como él. Sin duda ésta es más una pregunta del propio Wilder que de ella. Cuando he oído preguntas similares, y lo he hecho, de labios de mujeres, nunca ha sido, por decirlo levemente, con propósito de enmienda. No deja de ser la pregunta que se hace el espectador pero, sobre todo, no deja de ser la pregunta que se hace constantemente el propio Baxter: ¿por qué no yo en lugar del hijo de puta de Sheldrake? La misma pregunta que le hace Orfeo a la señorita Julia en You’re the one, y que se responde él mismo: las mujeres como tú nunca se enamoran de los hombres buenos.

Si El Apartamento fuera una película realista, y gracias a Dios que no lo es, Mr. Baxter seguiría siendo hoy ayudante de Sheldrake, tendría un apartamento en Midtown Manhattan y estaría casado con la mujer de un tal Mickey, retenido en Cuba por Castro acusado de dopar a su caballo. Fran y Sheldrake habrían pasado la noche de fin de año en Atlantic City, y la vida seguiría como siempre. Unos se engañarían pretendiendo que son los que toman, y otros no podrían hacer nada mientras son tomados. En ese sentido, ver el final de El Apartamento es doloroso. Porque uno sabe, sobre todo si hablamos de mujeres como Miss Kubelik o la señorita Julia, que rara vez ser bueno conlleva recompensa. Al menos en esta vida.

Por eso me enciendo mi enésimo cigarro de la noche y descorcho ahora esta botella de champán con la que, de todas formas, jamás habría brindado con nadie en una Nochevieja cualquiera. Por eso despierto del sueño de El Apartamento y lo tomo tal como viene, y sonrío como un niño –como siempre deberíamos sonreír los seres humanos, sin orgullo ni pecado, llenos de inocencia y asombro- mientras veo pasar los títulos de crédito. El fruto del sueño se ofrece, redondo y perfecto, mujeres aparte. Que nos quede, pues, el sueño, ya que el mundo éste que nos ha tocado vivir rara vez nos satisface. That’s the way it crumbles, cookiewise. Esto me niego a traducirlo.

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El sevillanismo de mentira, abe?

-Illo, esta tarde me voy a coger mi Nikon D3 nueva y me voy a ir a echar fotos al centro.

-¿Una Nikon D3? ¿Y eso? ¿Cuándo te las comprao?

-Hace una semana o ajín. Se la vi a un nota del aula de cultura de la facultad el otro día en una manifestación contra la pobreza en Zambia y me la he comprao por 3500 euros de ná por interné en Andorra. ¡Regalao, abe! En El Corte Inglés los cabrones la tienen a 4200. Malditos capitalistas ladrones…

-Bueno, ¿y con la que está cayendo de la Semana Santa te vas a ir a hacer fotos al centro?

-¡Ostia! Es verdad. Qué asco de Semana Santa, colega. To los putos capillitas ocupándome el centro.

-¿Ocupándote? ¿Pero el centro qué es tuyo o qué?

-No, illo, a vé, no es eso. Pero que yo qué sé, que yo no creo en ná de eso, abe, tó eso es mentira pa sacá dinero y además que yo pago el centro con mis impuestos y no me lo tienen por qué ocupar una semana entera ahí con tontería.

-¿Ah, ahora estás trabajando?

-No, illo, a vé… ¡Es que a ver pa qué coño tienen que sacar un puto palo de madera con flores y velas!

-¿Y qué es lo que te molesta exactamente? Si el centro de Sevilla está lleno de gente en Semana Santa se supone que es porque la gente quiere ver esos putos palos de madera, ¿sabes? Además, que eso de que son palos de madera lo dirás tú.

-¿Qué pasa que no lo ve o qué?

-Sí, sí que lo veo. Palos o no palos, las procesiones actúan como símbolo, como representación de un Via Crucis. ¿Te acuerdas de V de Vendetta, la película antisistema ésa que además tenía a la Natalie Portman ésa que está güenísima? Po ahí lo dise er nota: las obras humanas no signfiican nada per se, sólo tienen el significado que les da la gente, si cree en ello la gente suficiente.

-Pero eso es porque son gilipollas de mierda, ¿abe? Na má que tragándose tó la mierda de la Iglesia que na má que hace decirme que no use condone. ¿Po cómo quiere que folle? Ensima este año iguá, to las cofradía que querían posicionarse en contra del aborto…

-Lo cual es la cosa más lógica del mundo, si se supone que las cofradías están llenas de católicos. De todas formas como en Sevilla eso no es así, po ya has visto lo que ha pasao.

-Aro, mejó. Pero eso quillo, que no te desvíe der tema. Que si yo quiero i al sentro no me lo tiene que impedí nadie. Que yo tengo mi derecho a ir por Sevilla sin que me moleste eso.

-Pero bueno, tú sabes que la primera cofradía de la que se tiene noticia en Sevilla es de 1340, ¿no? Que son más de seis siglos… Ademá déjate de impuesto, que gracias a los putos palos de madera Sevilla generan cerca del 2% de su PIB anual, unos 20 millones de euros diarios. A ver cómo suples tú eso, y eso que ya tenemos unos cuantos miles de millones de euros de deuda to los años…

-¡Po que la gente trabaje má! Mira yo, tor día en el aula de cultura, presentando proyecto y yendo a lasosiasione a recabá apoyo.

-Además, coño, no seas pejiguera, que Sevilla no es sólo lo que va desde La Encarnación hasta El Prado, macho, que tienes un chorro de barrios en los que hacer unas fotos del carajo. Y eso por no hablar del Aljarafe, que con el tiempo que hase, vaya solesito -luego nos podíamo i a eshá una servesita, ¿no?-, te va a cualquier pueblo de por aquí y echa unas fotos der carajo, que ademá esa cámara tuya te las tiene que hasé to sola.

-Pero a eso hay que ir en autobú o en coche, ¿no? ¡Con lo que contamina!

-…

-Qué gana de que llegue la feria, quillo…

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hamijos podcast #3

Por fin, después de unos meses de parón por falta de tiempo, motivos laborales y cosas varias, Jesu y yo hemos podido volver a sentarnos tranquilamente a retomar el proyecto de grabacción de los podcasts de nuestro blog musical, hamijos. Una mañana, mucha buena música, risas y 132 mb, o sea, hora y media, de diversión y radio modelna. Disfruten.

hamijos podcast #3

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