Larceny Inc. es una rara comedia, estrenada en 1942 y dirigida por Lloyd Bacon, uno de los directores más regulares de la época (quizá les suene su Calle 42, con una espléndida Ginger Rogers). La película cuenta la historia de un grupo de ladrones que, tras salir de la cárcel, intentan abrir un negocio lucrativo y legal. Al ver que el banco no les concede el crédito que necesitan para empezar a trabajar –fíjense qué actual, y es de 1942-, deciden atracar un banco silenciosamente. Para ello, comprar una tienda de venta de maletas cercana al banco y se proponen cavar un túnel desde el sótano de su nueva tienda hasta el banco. Mientras tanto, Dennys, la hija de nuestro protagonista, Charles Maxwell, trata por todos los medios posibles de impedir que esto pase.
La película es un derroche de inteligencia y humor. No sólo por las situaciones cómicas per se, que de todas formas son abundantes y estupendas, sino por la fina sátira que recorre todo el hilo argumental del film (en un momento de la película, el protagonista afirma a voz en grito que “los préstamos bancarios son el alma del país”). A pesar de ser, en cierta forma, una comedia de enredo, Larceny Inc. es mucho más que eso. Su trastabillado final, que roza el drama durante algunos momentos, tampoco tiene desperdicio. En todo caso, como corresponde a una película de estas características, tiene uno de esos finales felices “que sólo el celuloide puede dar”, como decía el protagonista de V de Vendetta.
Las interpretaciones son redondas y ágiles, y disfrutarán con el diálogo todos aquellos que, como yo, sonreímos inevitablemente escuchando las conversaciones, aceleradas y directas al grano, de grandes películas como Luna Nueva. La fotografía, en un preciosista blanco y negro, tampoco desmerece. En cuanto a las interpretaciones, destacan Edward G. Robinson en el papel principal, con esa cara de circunstancias que sólo unos pocos como él pueden entregar, y Anthony Quinn, en una breve aparición como el malo de la película.
Esta película sirvió de inspiración para Granujas de medio pelo, el conocido film de Woody Allen. En todo caso, si ustedes tienen a su disposición un buen programa p2p, y seguro que lo tienen, ni se molesten en ver a Allen y vayan directamente a conseguirse esta joya. No se arrepentirán.
Archivado bajo:cine
La primera vez que me crucé con la obra de Henry James andaría yo por mi más tierna adolescencia, en aquella época que todos los niños introvertidos hemos pasado de devorar cada página que se nos pusiera por delante. Recuerdo que fue con Otra vuelta de tuerca, una de sus novelas más conocidas, y que tampoco me emocionó especialmente; a pesar de no resultarme, ni mucho menos, un mal libro. Por aquella época andaba yo entonces -tonto de mí- enganchado al jerbi méntal. Mientras me duró la tontería, mis lecturas de relato favoritas eran del estilo de Poe y Lovecraft: ustedes ya me entienden. Luego, cuando se me pasó la tontería, me cambié -con tino por mi parte, todo hay que decirlo- a Chéjov, Carver y Auster (nota mental: hacer un artículo sobre Smoke).
Mientras que en muchas obras de Carver y Auster llegaríamos a ver hasta cierta coralidad -pienso, por ejemplo, en Short Cuts y Brooklyn Follies, respectivamente-, rara vez encontraremos esto en una obra de James, centrada usualmente en uno o dos personajes, con algunos accesorios que entran y salen a discreción del autor. La intención -admirable- de estos autores es, o suele serlo, mostrar en sus relatos lo que yo llamo pedazos de vida. Como el buen cine, los relatos de estos escritores están basados en los hechos, y de ellos brota solo el significado de la historia. Sin embargo, esto en Henry James es algo más complejo, especialmente en los relatos en los que reflexiona sobre las clases burguesas y adineradas en el Viejo Mundo (Inglaterra) y el Nuevo (Estados Unidos). Los relatos El sitio de Londres -o El cerco de Londres, según traducción- y En la jaula son buenos ejemplos de ello (especialmente el primero). Es realmente sorprendente la capacidad de James para mantenerte pegado al relato durante más de 100 páginas con una premisa tan sencilla como ésta: una hermosa chica, de vida disoluta en Estados Unidos, marcha para Europa a la búsqueda de empezar de nuevo e introducirse en la aristocracia inglesa. Y ni siquiera se sale casi en ningún momento del hilo narrativo. Y ahí te tiene, enganchado. En la jaula, por ejemplo, es el relato de una trabajadora de correos que espía los telegramas de los aristócratas y mantiene una secreta relación con ellos -dentro de su cabeza, claro-.
Comentarios recientes