Lo malo de irse de vacaciones sin PC y tener un piso justo enfrente de la playa es que acaba uno pasando los ratos muertos mirando la playa. ¿Pero eso es bueno, no? Pues no. Es una puta mierda. Estos ratos muertos, y mi prominente barriga, me han llevado a pasar largas horas pensando en aquel fenómeno mediático surgido hace años que se bautizó como “culto al cuerpo”, aunque luego lo han tecnificado y lo han llamado vigorexia y no sé cuántas mierdas más.
El caso es que, como todos los fenómenos televisivos surgen de repente, parecía que sólo se había quedado en anécdotas de telediario justo antes de los deportes y secciones de Gente. Pero al final no. Como la operación bikini, el culto al cuerpo masculino ha alcanzado un grado de difusión que casi parece necesario.
Quiero decir, hace unos años, era “rara” la persona que iba al gimnasio. Normalmente era alguien que hacía bastante deporte, o competía, o tenía especial interés en mantener los músculos tonificados. El resto de gente “normal” iba a correr, o hacía natación o echaba pachangas de fútbol o basket con los colegas. Ahora el raro es el que no está apuntado a gimnasio Y algo a partir de marzo. Si no se te ha ocurrido la idea de ir al gimnasio o, simplemente, no ves necesidad de ello, eres un vago, no te cuidas y seguramente acabarás teniendo el tamaño de Jabba y te saldrá el colesterol por las orejas.
El caso es que para el hombre el asunto es bastante más jodido que para la mujer. Una mujer sólo tiene que estar delgada, punto. Lo consiga como lo consiga, sólo tiene que estar delgada. A nosotros se nos pide que echemos no sé cuántas horas diarias de entrenamiento en máquinas estúpidas y repetitivas para que parezca que nos han introducido ladrillos en el estómago a través del ombligo. Por supuesto, todos estos niños de gimnasio y trabajo un mes para pagarme el ciclo anual de 400€ van en sus BMW barateros con la música a toda voz.
¿Y cómo han conseguido pagarse un BMW? Pues, evidentemente, vendiendo toda su colección de camisetas, que nunca más volverán a necesitar. Porque, si se ponen camiseta, ¿qué cojones van a enseñar? Si les tapa los abdominales y ¡la mitad del bíceps! Con la de horas que los he trabajado. El caso es que, como decía, el hombre ahora tiene que tener el hombro del tamaño de una bola de bolos, y una cubitera para elefantes debajo del pecho. Y no os creáis que es lo peor: pronto viene la ola enorme de potingues, cremas, exfoliantes y tratamientos, y llevaremos todos moreno de rayos uva como algún presentador del tiempo.
Y no digo esto sólo por la queja gratuita, que de todas formas sería un motivo perfectamente válido. No es que me moleste por molestar todo esto, sino que ha llegado a avergonzarme profundamente el hecho de no haber hecho yo lo mismo. Me avergüenza no parecer un hombre de Neanderthal capaz de sostener a una mujer con cada brazo para ofrecerle mis piercings, mis tatuajes tribales, con letras moras o qué sé yo. Son las miradas de soslayo, el desprecio. Si no hay tableta, no hay hombre.
Y que conste que mi cabeza se rebela contra eso, pero por lo que parece, es así. Y no me molestaría si yo fuese asexual o tuviera 75 años, pero la pregunta que me asalta al pensar en mí y en los que hay como yo (que cada vez quedan menos, estar gordo por gusto va a acabar siendo un ejercicio de rebeldía) es: ¿y a nosotros, quién nos folla?
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