Es una de esas tardes en que te falta todo. El sol acompaña: ese color entre ocre y anaranjado, la calidez mentirosa, como de late night show o de burdel pretendidamente glamouroso (¿alguien encuentra la diferencia?). Es un vacío como el posterior a una mala digestión, y no sé con qué llenarlo.
Calibro diferentes posibilidades. Entregarme a los brazos y los labios de la primera mujer que me devuelva el saludo. Poner mi mejor cara de chulo y escupir allá por donde vaya. Aprender a bailar, o a montar sobre patines. Abandonarme al Tanqueray con tónica o a mi coche, hasta estar completamente perdido.
Como la comida tras una mala digestión, sé que nada de eso me saciaría, que sería como perseguir una sombras tras otra, sin tener jamás la menor idea de dónde está la luz. Quizá contemplo con esperanza estos libros de mis estanterías, quizá escribo esto como quien se da pequeños golpes en el hígado con intención de eructar “para hacer hueco”.
Tal vez el truco esté en dejar que el sol deje de alumbrar este burdel lleno de gente que grita y habla por teléfono a todas horas, en El sueño eterno, en Casablanca, en las noches perdidas, que nunca tuve y que son tan yo. No sé si un Neverland las espera y acoge.
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