Escribí hace tiempo que todo lo que sabía del amor es que se llamaba Ana. Puede que aquello no fuera cierto, y que yo haya aprendido un par de cosas más del amor desde entonces. Pero el misterio que encontré entonces en Ana -no en una en concreto, sino en todas las que pasan por mi mente- no he dejado de encontrarlo hasta hoy, y sigue sorprendiéndome. Ana significa río en fenicio, y eso explica muchas cosas. Que sean grandes, misteriosas, eternas e insondables. Que, como se ha repetido hasta la saciedad, uno no pueda sumergirse dos veces en el mismo río. Y, sobre todo, que sea muy difícil no morir ahogado si uno se atreve a adentrarse demasiado en el río. Que se pueda uno perder para siempre buscando, como el sabio al que tomaron por tonto, el propio reflejo en la superficie tornasolada del río.
Archivado bajo:apuntes
Comentarios recientes